Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

20.9.14

HABLAR DE SU LIBRO (Y, PRIMERO, REESCRIBIRLO)


Uno de los muchos problemas que durante años lastraron las posibilidades electorales de Izquierda Unida fue la tendencia a posicionarse por referencia a su relación con el PSOE. La sustancial diferencia de apoyos que desde 1977 ha situado al PSOE como fuerza mayoritaria de la izquierda, con la decepción consiguiente para IU (desde la determinante para el PCE en las primeras elecciones generales hasta hoy), incluso en épocas de fuerte desgaste de los socialistas en las que soñaba con un sorpasso que nunca se produjo, llevó a IU a un debate recurrente sobre qué papel jugar, sobre todo cuando el PSOE ha necesitado apoyos, bien para afianzar su mayoría relativa, bien para desbancar en la suma de minorías al PP cuando la aritmética de escaños y concejalías llevaba a esta disyuntiva.  Ha habido épocas bien distintas, desde la teoría de las dos orillas de Anguita y la dura confrontación con Felipe González, hasta el posibilismo de Frutos alcanzando un acuerdo (bastante estéril) con Joaquín Almunia, pasando por la disposición favorable al acuerdo de Llamazares en la primera etapa de Zapatero, escaldada la izquierda de la Aznaridad y alentada por las medidas de política social y derechos civiles. El dilema, sin embargo, a la postre era esencialmente el mismo, incluso lo sigue siendo hoy, allá donde los votos de IU son decisivos; véase la disparidad y los conflictos asociados, por ejemplo, en relación con su posición en Extremadura, Asturias o Andalucía.
La vertiginosa transformación de la vida política en los últimos meses, a raíz del rápido deterioro electoral del PSOE, de los estragos que la crisis ha causado en la cohesión social, de la erosión del sistema político representativo y de la aparición de nuevas agrupaciones dirigidas a canalizar el descontento, está dando lugar a un fenómeno singular. El PSOE, pese a mantener una representación institucional mucho más numerosa; aun obteniendo un apoyo electoral que en su momento más bajo (las recientes elecciones al Parlamento Europeo) es superior a la suma de votos del resto de partidos de la izquierda; pese a situarse –al menos teóricamente- en el espacio político del centro-izquierda en el que a priori tiene más facilidad para identificarse con una mayoría social moderada; y aunque disponga de más espacio informativo, trayectoria, estructura y presencia territorial, ha dejado de ser el partido político al que el resto de fuerzas del centro a la izquierda se refieran al establecer sus coordenadas en el tablero. El debate cardinal en el resto de partidos de este espectro no es cuál será su relación con el PSOE ante cualquiera de las alternativas a que den lugar las próximas elecciones autonómicas y locales, seguramente muy fragmentado y de difícil gobernabilidad (si se mantiene la tendencia que reflejan las últimas encuestas, aunque de momento todo esté muy abierto). El paradigma táctico ha cambiado y lo que está bajo escrutinio es si cabe para el PSOE un escenario en el que busque el improbable apoyo de Podemos si lo necesita o qué situación se dará si éste se aproxima (o incluso lo supera, según de qué territorios se trate) en el apoyo ciudadano que consiga. Y para IU, bajo la amenaza de pasar a resultados discretísimos, qué opciones existen de confluencia en candidaturas conjuntas con Podemos, y si es ésta una solución correcta y conveniente. Pero, especialmente, lo que obsesiona en ambos partidos es qué actitud, posición, discurso y estrategia adoptar en relación con el lenguaje, métodos y propuestas de Podemos, lo que consume una parte muy relevante de intervenciones, análisis y decisiones, en medio de bastante desconcierto por lo imprevisible del contexto.
Evidentemente, es una dinámica que se retroalimenta. Cuanto más tiempo entregan PSOE e IU en sus mensajes a la ciudadanía a valorar a Podemos, más relevancia otorgan a la fuerza emergente. Si la pretensión, particularmente en el caso del PSOE, pasa a ser desacreditar la solvencia política y rigor del competidor, el resultado puede ser distinto del esperado, porque ahonda en el antagonismo en el que Podemos parece sentirse muy cómodo; y porque nutre el escepticismo de muchos potenciales votantes cuyas simpatías han fluctuado del PSOE a Podemos y a los que legítimamente disgustará la descalificación tajante de un nuevo actor cuyo éxito debe bastante a la pérdida de credibilidad sufrida por el PSOE y aún no reparada.
En mi opinión, el PSOE, que en 2015 se juega perder el papel central jugado en la democracia española, tendría que, además de acelerar su estrategia de renovación política, revertir su estructura inadaptada a las nuevas formas de hacer política y hablar y pensar más (consigo mismo y sobre todo con los ciudadanos) en sus propuestas ante las expectativas del electorado; más en venir a hablar de su libro –que diría Umbral-, que en arremeter frente a Podemos. Si la construcción del discurso político se basa constantemente en posicionarse por referencia a lo que haga o diga Podemos (el mismo virus que limitó a IU por su referencia sobre el PSOE) y en alertar de los riesgos que advierten en el triunfo de Podemos, acabará entregándole la centralidad del escenario y la iniciativa a esta fuerza, que puede no desaprovechar la oportunidad que tiene por delante.  Y si, peor aún, el hilo argumental del discurso es el choque directo y el ataque sin ambages (incluso con errores de manual), se admitirá entrar en debates simplificadores y en la terminología que se dice repeler; es decir, en el terreno en el que Podemos ha querido situarse desde el principio y en el que ha colocado su cuña con acierto en un ingente sector del electorado (a cuyo favor el PSOE puede, en una parte no pequeña, aspirar), perdiendo definitivamente a los que ya dieron el paso de cambiar la papeleta por la de Podemos, e incluso a más si la regeneración iniciada por Pedro Sánchez perdiese fuelle.


Gonzalo Olmos

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TRES INTRUSOS


Como, pese a todo, vivimos en un país bastante potable, muchas personas no se han tomado la molestia de sentarse un solo día, ni siquiera por interés sociológico, a ver en la televisión cualquier programa del corazón o show de entretenimiento en el que salga el primo del tío de un supuesto personaje público. Tampoco compran ninguna revista de la industria rosa, ni de las que glorifican el poder y el dinero ni de las más -llamémoslas así- populares. Consideran, con razón, que es una pérdida de tiempo y un aburrimiento infinito (¡quien aguanta 4 horas de Sálvame todos los días!). Sin embargo, también como la gran mayoría, saben perfectamente que la hija de Belén Esteban, de nombre Andreíta, por la que aquélla –como todas las madres por sus hijos- mataría, no se comía el pollo; y que la hija adoptiva de Isabel Pantoja, de nombre artístico Chabelita, ha tenido un crío extramatrimonial con un mozo con el que al parecer ya no se trata. Para saberlo no hace falta buscar cualquiera de las informaciones alusivas, ni ponerse a tiro de ninguna emisión que las aborde, ni siquiera zapear y detenerse unos minutos a contemplar con curiosidad de antropólogo el miserable y exitoso espectáculo de la telebasura y el pseudofamoseo.
Casi peor, porque se la considera seria, es lo que sucede con la información deportiva, es decir, teóricamente centrada en las competiciones y los resultados, pero en la que se recurre hasta la saciedad a lo paradeportivo, llenándola de futilidades y publicidad gratuita para el negocio que rodea los campos de juego, sobre todo en el caso del futbol. Puede uno no prestar una atención más que residual a la materia (lo que no excluye cierta afición, claro); pero de repente se da cuenta de que conoce los detalles, por ejemplo, de la sanción impuesta al delantero Luis Suárez por morder a otro futbolista, que el infractor se encuentra triste por cumplir el castigo, los recursos emprendidos y, peor aún, siente que se le invita a formarse una opinión sobre la materia (incluso a dejar que se sepa, al estilo del Presidente uruguayo).  A esto se suma la inflación de competiciones y la enervante sensación de que no dan un respiro a quienes, pongamos por caso, quieren encender una radio generalista cualquier tarde sin escuchar a comentaristas histriónicos cantando un gol.
Aunque a priori trate de asuntos enjundiosos de interés para todos, la necesidad compulsiva de los partidos políticos de cubrir espacios y repetir mensajes deja también su marca intrusiva, sobre todo cuando llegan los periodos menos intensos de actividad institucional o no hay acontecimientos de los que se juzgarían de rabiosa actualidad. Véase, por ejemplo (aquí el PP supera con creces en insistencia al resto), la utilización de segundos o terceros espadas o artificiales reuniones internas, teóricamente de trabajo o debate, pero en la práctica una excusa para mantener tensión, conservar cuota de pantalla y asegurar que no se perderá fuelle ni siquiera un fin de semana aparentemente plano. La verborrea partidaria, unida a la falta de credibilidad, abunda en el politiqueo simplón en el que perseveran pese a que el destinario sinceramente interesado por la política suele repeler que le vendan la moto y le traten como consumidor político y no como ciudadano consciente. Por eso resulta irritante admitir que un vicesecretario de algo, queriendo machacar con el discurso oficial una y otra vez, se cuele de forma destacada entre la ración informativa del día y además a su propaganda barata, reproducida casi sin filtro ni contexto, se le considere noticia.
Claro que  hay diferencias, en contenido y relevancia, entre los tres ejemplos expuestos a trazo grueso. Pero todos ellos tienen un denominador común: su carácter entrometido y la técnica de saturación empleada, hasta dejar en el público de destino adecuadamente colocado el producto que se promociona, dejando un sedimento bien compacto que, sin quererlo, ya forma parte de lo que a uno rodea cotidianamente, casi una huella “cultural”, diríamos. No hay escapatoria posible, te llega por uno u otro lado y acabas acumulando datos que te estorban como una costra, o incorporando a la forma de expresión, de debate o de discurso las prácticas empobrecedoras de aquello que te invade. No olvidemos que, en los informativos televisivos habituales, la parrilla de las cadenas de radio o los portales de internet más comunes (e incluso en la parte de la prensa escrita que aún confía en el estilo del tabloide y el sobrevuelo sobre la noticia), elegir los asuntos como lo hacen y otorgarles la relevancia que les confieren se hace siempre en detrimento de algo. En esa decisión, donde se la juegan en respetabilidad pero sobre todo en audiencia del medio, sabemos generalmente de qué lado cae la balanza. Tanto es así que cuando quieren lanzar un reportaje o entrevista (el género reflexivo por excelencia) sobre un asunto de fondo o con alguna persona de verdadero interés, te avisan, por lo infrecuente o secundario en el reparto de espacio, o para que cambies de canal, emisora o página cuando el ritmo de la exposición se haga más cadencioso. Mientras tanto, la dosis -en ocasiones tóxica- del contenido intrusivo te la comes siempre.

Publicado en Asturias24, 2 de septiembre de 2014.

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14.7.14

QUE ALGUIEN HAGA ALGO


            A primera vista, que una ciudad cuente con 247.000 metros cuadrados de suelo público disponible en dos puntos cardinales distintos para redefinir la trama urbana del futuro es una oportunidad única de transformación como hay pocas en la historia de un municipio medio. Si a eso se junta que una parte de las edificaciones existentes pueden preservarse para un nuevo uso, pueden encontrarse ventajas adicionales para el cambio de destino. Claro que también puede uno verse abrumado por la situación y frotarse los ojos incrédulo por el incierto futuro mientras el abandono se come media ciudad; o entretener al personal con continuas disquisiciones y preservar en el lanzamiento de reproches a otros responsables políticos mientras la hiedra crece. En esta disyuntiva histórica se encuentra la ciudad de Oviedo, y aquí el adjetivo es merecido: el futuro de la ciudad se juega en El Cristo y La Vega y de momento  los poderes públicos pierden por incomparecencia.
            Se trata de articular la planificación urbanística necesaria; poner en coordinación a la Administración local, autonómica y estatal (determinante en La Vega y con intereses en El Cristo); decidir qué edificios se indultan y qué finalidad se alberga para ellos (tirarlos todos parece un exceso y un derroche); recuperar espacios para la ciudad (abrirlos en La Vega, cerrada a cal y canto) y evitar su conversión en pueblo fantasma; llevar a la práctica todas las decisiones; y hacerlo con escasos recursos públicos, sin iniciativa económica privada que apoye (o interfiera, según se mire) y con la participación activa de la ciudadanía, que tiene pleno derecho a intervenir de la forma más directa posible en este debate. Nadie dijo que fuese fácil.
A muchos parece asustarles este reto y razones hay para ponerse en lo peor, porque entre los infinitos prolegómenos, la indecisión colectiva y el tiempo perdido, el problema ya está aquí, con toda su crudeza. En el caso del traslado del HUCA, hace años que deberían estar definidos los nuevos usos y ya tendría que estar en vigor la modificación del planeamiento urbanístico. En cuanto a La Vega, se veía venir que de la defensa numantina del mantenimiento de la actividad industrial se pasaría a un inevitable cierre de las instalaciones: por mucho que nos duela, tenía toda la lógica económica que la empresa prescindiese de una de las dos fábricas de su municipio. Durante años, sin embargo, ha sido tabú preguntar siquiera qué iba a pasar el día después del abandono por General Dynamics y a quien se ha atrevido a evaluar posibles alternativas se le ha acusado poco menos que de propiciar el cierre.
No obstante, va siendo hora de tomarse en serio, con suficiente determinación y capacidad resolutiva, los retos que afronta la ciudad. Marcarse unos plazos, cuando menos, para poner un límite temporal a la fase deliberativa y de aproximación, y no enredarse con un debate que puede ser eterno. Y, especialmente, que todas las Administraciones pongan las cartas sobre la mesa sobre lo que están dispuestos a hacer y los recursos que están en condiciones de aportar, porque de lo contrario cualquier planteamiento no pasará –como ha sucedido hasta ahora- de bienintencionadas conjeturas. ¿Quiere el Ayuntamiento obtener la cesión de los terrenos de La Vega y está el Ministerio dispuesto a entregarlos sin contraprestación? ¿Está la Universidad -que apenas tiene cuartos para subir la persiana todos los días- verdaderamente interesada en ampliar o unificar espacios en El Cristo? ¿Va a ejercer el Ayuntamiento sus competencias indelegables en materia de planificación urbanística, que es al final de lo que se trata? ¿Quiere el Principado de Asturias dar algún uso en materia de servicios sociales o justicia a algún edificio del antiguo HUCA? ¿Tiene el Ayuntamiento voluntad de dotar de contenidos culturales o de habilitar espacios para el emprendimiento a las naves ociosas de La Vega? ¿Se va a contemplar alguna partida presupuestaria para todo ello? Y sobre todo, ¿va el Ayuntamiento de una vez por todas a adoptar la posición de liderazgo que los ovetenses precisan en este asunto? 
Si de aquí a unos meses quienes tienen que comenzar a responder las preguntas cardinales sobre esta cuestión siguen sus maniobras de distracción, preparémonos para tener durante años parte de la ciudad, en particular el suroeste, como escenario para el rodaje del documental “La vida sin nosotros”. Si la pasividad persiste, no habría que descartar soluciones drásticas del estilo de los grandes parques que propone el experto en economía urbana y regional Fernando Rubiera; unido a una invitación a llevar “La Madreña” a alguno de los edificios sin uso.

Publicado en Asturias Diario, 5 de julio de 2014.

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12.5.14

DEPENDENCIA Y DEBILIDAD DE EUROPA

Estas elecciones al Parlamento Europeo deberían servir, entre otras muchas cosas, para tomar plena conciencia sobre las múltiples flaquezas que aquejan al continente y para que los europeos elijan si quieren una Unión dispuesta a afrontarlas con capacidad real de actuación o si prefieren que cada Estado trate de arreglárselas como pueda, presumiblemente con más dificultad que sumando esfuerzos. La Unión Europea, por su propia naturaleza y por combinar elementos de integración real con los de mera cooperación intergubernamental, despliega en muchos ámbitos una intervención basada más en la capacidad de influencia indirecta que en facultades expeditivas. Para muchas materias, en particular aquellas relacionadas con la política exterior y de seguridad común, y para otras que afectan a intereses económicos cardinales, ejerce, en terminología del politólogo Joseph Nye, soft power o “poder blando”, entre otras razones porque no se ha dotado a la Unión de todos los instrumentos resolutivos y tampoco existe una convicción suficientemente consolidada entre los Estados que permita delegar parcelas tan ligadas históricamente al núcleo de la soberanía.
En la construcción europea, pese a los grandes discursos y las buenas intenciones, que afortunadamente abundan, es la necesidad de supervivencia política y económica como entidad y proyecto la que ha provocado los avances más significativos. En la crisis que vivimos se ha comprobado con toda su crudeza, porque de las insuficiencias de la Unión Económica y Monetaria, de las limitaciones para asegurar la estabilidad financiera de los Estados y de la carencia de medios para la supervisión común de los sistemas bancarios se han extraído lecciones que, pese a la enorme complejidad en la toma de decisiones, han deparado avances importantes para ajustar la intervención institucional a la realidad de la integración económica.
Ahora puede que nos encontremos, por la fuerza de los hechos, ante otro reto que obligue a profundizar en la integración en otros aspectos que todavía no han sido abordados con suficiente ambición. La prueba de fuego la plantea, de forma perentoria, la crisis entre Ucrania y Rusia y el despliegue por esta potencia de una política amenazadora, desestabilizadora de sus vecinos, irreconciliable con principios democráticos (tanto en el ámbito interno como en el sostenimiento de autocracias en buena parte de las ex repúblicas soviéticas de su entorno) y dispuesta a utilizar la dependencia energética del este de Europa como elemento de presión.
Hasta la fecha, la respuesta europea ha carecido de la determinación suficiente para contener una conducta desafiante e inaceptable. Posiblemente no pueda ser, por el momento, de otra manera, pero, al menos, deben plantearse con rapidez y voluntad dos cuestiones candentes. La primera, el robustecimiento, aún en el campo del soft power, de una política exterior todavía inmadura y restringida, pese a los avances. La segunda, ya en un ámbito donde la Unión puede aplicar medidas directas de “poder duro”, la urgencia de edificar una política energética común verdaderamente eficaz, que aplique soluciones para superar la dependencia endémica, que es un enorme lastre para el desarrollo europeo. La apuesta por las energías renovables (en seria duda), por los combustibles y carburantes alternativos a los hidrocarburos convencionales y por la eficiencia energética; o replantearse el aprovechamiento –con garantías medioambientales- del gas de esquisto, son alternativas mucho más viables que la sangría de recursos hacia el conglomerado estatal y empresarial de productores de petróleo y gas que en terceros Estados benefician sobre todo a sus oligarquías, no precisamente proclives a la promoción de aquellos valores con los que decimos identificarnos en Europa. Los fracasos cosechados en el pasado reciente, algunos particularmente dolorosos como los cortes de suministro de gas en Europa Oriental en 2009 o la renuncia al gaseoducto Nabucco (que permitiría acceder al gas de Asia Central sin sufrir la dependencia de Rusia), la creciente subordinación de las industrias de referencia europeas de terceros gigantes de países emergentes ricos en recursos, así como otros símbolos especialmente sangrantes –véase el papel de antiguos líderes europeos como Gerhard Schroeder ejerciendo de lobbista de pro a sueldo de Gazprom-, junto con el incierto destino de la escalada nacionalista rusa, son antecedentes suficientemente poderosos para tomarse en serio este problema. No habrá una Europa con posibilidades reales de defender coherentemente y con éxito sus valores y de tener una voz propia y autorizada en el contexto internacional mientras no sea capaz de sobreponerse a su debilidad en asuntos estratégicos como éste.

Publicado en Asturias Diario, 6 de mayo de 2014.

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11.5.14

LA PARADOJA EUROPEA


Se aproximan las elecciones al Parlamento Europeo, con perspectivas poco halagüeñas sobre el nivel de participación esperado y el crecimiento de opciones electorales populistas y antieuropeas. La oportunidad para expresar mediante el voto la desazón por la falta de alternativas sólidas a la crisis económica o directamente para canalizar frustraciones colectivas puede dar nuevos bríos a candidaturas cuyo programa y trasfondo son como poco inquietantes. Muchos ciudadanos siguen considerando estos comicios una convocatoria menor y propicia –si se acude a las urnas- para un voto menos apegado a la ortodoxia de las elecciones de carácter nacional. Y ello pese a que el Parlamento Europeo ha ido ganando en la arquitectura institucional de la Unión, reforma tras reforma, más peso y capacidad de decisión; y aunque, por primera vez, los partidos políticos europeos  hayan tenido que designar previamente a su propuesta para la Presidencia de la Comisión (con destacados dirigentes políticos al frente de las candidaturas, como Jean-Claude Juncker, MartinSchulz, Guy Verhofstadt, Ska Keller o Alexis Tsipras) de acuerdo a su reforzada dependencia de la institución directamente emanada del pueblo.
Es digna de estudio politológico la paradoja europea. En la percepción de la ciudadanía está acertadamente extendida la convicción de que el grueso de las decisiones políticas que le afectan de una forma sustancial provienen de las instituciones europeas y, a fuerza de repetición por parte de los dirigentes nacionales (en el caso español, con particular intensidad), se asume que las agendas de los gobiernos de los Estados que integran la Unión están fuertemente supeditadas al cumplimiento de los compromisos adquiridos con los socios comunitarios, la Comisión Europea, el Banco Central o el Eurogrupo. En esta crisis tal dependencia funcional se ha elevado unos cuantos grados, especialmente en los países azotados por los desequilibrios macroeconómicos, con verdaderas renuncias al programa propio e inmolaciones políticas alentadas desde los centros de poder europeo (Zapatero, Papandreu, Berlusconi, Cowen o Sócrates). A la par, y aunque quede mucho por mejorar, son innegables los progresos dirigidos a superar el tradicional déficit democrático en la organización de los poderes públicos de la Unión. Claro que falta una conciencia política común más robusta y una dinámica de verdadera dación de cuentas a una opinión pública europea en formación como tal, pero en estas elecciones, si el aparente descontento de la mayoría o la fatiga frente a la dirigencia europea quisiese expresarse de forma constructiva y se tradujese en el resultado electoral, su decisión tendría efecto inmediato sobre las prioridades políticas de la Unión a través del Parlamento, indirectamente de la Comisión a la que estaría en situación de condicionar e indudablemente incidiría en los órganos que representan la vertiente intergubernamental de la construcción europea. De este modo, el ciudadano que tiene sus fundadas reticencias hacia la pesada maquinaria europea, sus dificultades para la toma de decisiones, su enorme aparato burocrático, sus repetidas contradicciones entre sus altos valores inspiradores y una praxis mucho más cuestionable, sus carencias estructurales en política exterior y de seguridad o su subordinación a una lógica económica desprovista de sensibilidad social, no debería desdeñar el poder efectivo que su participación tiene en el proceso electoral global de más envergadura y complejidad (más de 400 millones de electores en 28 Estados, para elegir 751 eurodiputados). Sin embargo, todo apunta a que la abstención será muy significativa y que a la hora de canalizar las legítimas decepciones que el proyecto europeo arrastra, multitud de electores o no se sentirán concernidos o preferirán expresar de forma insuficientemente reflexionada un voto de protesta, sin otro recorrido ni aspiración, en opciones inconsistentes (y en algunos casos directamente eurófobas y retrógadas).
            La experiencia de la Unión Europea demuestra que labrar los acuerdos, echar a andar las políticas comunes y construir instituciones perdurables ha sido un proceso político enormemente minucioso, sometido a tensiones de toda naturaleza y netamente imperfecto. Pero que, aun así, el resultado es la organización de integración regional más avanzada y con aspiraciones más elevadas que ha dado la historia, en un continente que, precisamente, ha sido epicentro y origen de los desgarros más terribles y que sigue sometido a un difícil contexto económico (la dependencia energética y la desindustrialización son problemas de primer orden) y de seguridad (la inestabilidad en el Mediterráneo Sur y en el Este son ciertamente preocupantes), así como a amenazas disgregadoras e involucionistas que resurgen con fuerza. Toca comprometerse, como ciudadanos activos, con el sueño europeo, para que no se torne en nuestras conocidas pesadillas.

Publicado en Asturias24, 15 de abril de 2014. 

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27.4.14

Y EN OVIEDO TAMBIÉN


Vaya nivelazo el de Foro Asturias, que ha emprendido una cruzada contra la trama que, según acusan, ha urdido el Alcalde para acabar con la Concejala Belén Arganza tras el conocido incidente de estos días. Me parece perfecto que Foro pida explicaciones sobre la actuación de la Policía Local y las presuntas filtraciones del desagradable episodio en el que la Sra. Arganza se ha visto envuelta; en su derecho a obtenerlas están. Pero elevarlo a la altura del Watergate es como poco chocante y la versión conspiranoica de las cosas –que cada vez se extiende a más materias, desde las más serias a las casi triviales- tiene poco de verosímil y bastante de desvergüenza.
No creo que la Sra. Arganza ni el propio Grupo Municipal de Foro (o lo que queda de él) sean tan peligrosos para las aspiraciones del PP de conservar la Alcaldía; no hay más que ver el decepcionante estilo de oposición que han desplegado en este mandato, entre desorientado y crispado, y desde luego con un mensaje imposible de identificar por una ciudadanía sorprendida. Pero a cuenta del espectáculo, la verdad es que aquellos a los que nos interesa la vida política municipal no salimos de nuestro asombro, por la mezcla de ridículo, estridencia y agresividad que jalona la defensa política de la Sra. Arganza: cutrez en estado puro.
Si la parte cómica tiene poca gracia, la trágica resultante directamente indignante. Convertir en víctima a quien, según las declaraciones del injuriado, tiene el gatillo fácil para el insulto racista y el abuso de poder, es bastante impresentable. La desinhibición que provoca ir con dos copas de más y hacer alguna tontería puede ser un atenuante y serán pocos los que estén libres de haber caído en alguna mezquindad de ese tipo. Pero, al menos a posteriori, una excusa pública (no digo ya la dimisión) es lo mínimo que se puede pedir, para, por lo menos, no provocar que los representados nos sintamos avergonzados de comportamientos de representantes públicos que, además de meter la pata, parecen derrochar absurda arrogancia por ello.
Por cierto, llamar “sudaca” como parece que hizo la Concejala, está demodé; no olvidemos que los que emigramos somos ahora los trabajadores españoles, muchos de ellos a Sudamérica, continente en franco progreso social, político, económico y cultural mientras Europa languidece. Por cierto que, replicando la odiosa y estúpida superioridad de quien se alegra de la dificultad ajena, o la desconfianza hacia el recién llegado, los equivalentes a la Sra. Arganza al otro lado del charco comienzan a popularizar el calificativo de “euracas”. Espero que la epidemia no cunda.
Y, que una concejala de la oposición amenace con la deportación a un extranjero, además de una soberana tontería para quienes algo sabemos de Derecho de Extranjería y una exhibición de maldad a ojos de cualquiera, es brutalmente grotesco; tanto que, salvo públicas excusas o desmentido, le inhabilita políticamente. Por suerte, si el sufrido vecino estaba un poco informado, poco le habrá importado escuchar a la Sra. Arganza, como en el chiste de Chiquito de la Calzada, decir aquello de “usted se calla que usted no sabe quién soy yo”. Parafraseando a Chiquito -que debería teorizar sobre este affaire- ¿no sabe la Sra. Arganza que un concejal de Cuenca es un mojón?

Publicado en Asturias Diario, 5 de abril de 2014.

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17.4.14

REFORMA IDEOLÓGICA Y EQUIVOCADA


Todavía muchos ayuntamientos no saben muy bien por dónde comenzar a aplicar el mandato que comporta la Ley 27/2013, de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, que reduce significativamente sus competencias y limita su capacidad de actuación sobre la realidad del municipio. En similar situación se encuentran comunidades autónomas y diputaciones provinciales, que reciben en aluvión facultades y obligaciones nuevas, en una recentralización al escalón superior (por mucho que las provincias sean entidades locales) inédita en nuestra trayectoria democrática.
En materia competencial, la reforma se construye sobre tres planteamientos esencialmente erróneos. Primero entiende que las competencias ejecutivas en políticas sociales, de igualdad, de promoción económica, culturales, educativas y de fomento de la salud pública, entre otras conexas, se pueden atribuir exclusivamente a una Administración, obviando cualquier concepción transversal, privando a los municipios por regla general de habilitación para actuar en estos ámbitos. En segundo lugar, fía a una imprecisa y voluntariosa delegación por las comunidades autónomas, teóricamente acompañada de dotación financiera suficiente, el mantenimiento de aquellas competencias que hasta ahora se prestaban y que en adelante se consideran categóricamente como impropias; y reserva a la capacidad de coordinación de comunidades uniprovinciales y diputaciones la prestación de servicios esenciales en los municipios inferiores a 20.000 habitantes, alejando el centro de decisión y mermando las facultades de los ayuntamientos. Y, en tercer lugar, desconfía de la innovación política característica de la actividad municipal y de la propia autonomía local, impidiendo que los ayuntamientos puedan salirse de un guión de actuación de contenido prestacional muy restringido y sujeto –de forma dudosamente constitucional- a los condicionantes adicionales que las leyes sectoriales establezcan en cada materia. Todo ello bajo la inspiración principal del principio de estabilidad presupuestaria, sin matices ni contemplaciones, sin haberse detenido a analizar si -salvando algunos casos sangrantes- han sido o no los ayuntamientos el foco del desequilibrio, cuando precisamente su déficit se ha contenido mucho más rápido y su disciplina presupuestaria ha sido por lo general superior a la del Estado y las comunidades en esta época de turbulencias.
Si para la mayoría parlamentaria que ha sacado adelante la reforma el problema residía en la inseguridad jurídica del reparto competencial inacabado propio de nuestro sistema, su opción ha quedado clara. Contra el discurso municipalista teóricamente extendido y el supuesto deseo de acercar la Administración y el poder a la ciudadanía, se opta precisamente por lo contrario, pretendiendo deslindar competencias en detrimento de los municipios, desandando parte del camino recorrido desde la Ley 7/1985, de Bases del Régimen Local, hasta esta verdadera contrarreforma.
A su vez, si el problema era la falta de recursos suficientes para políticas locales ambiciosas, la alternativa no ha sido reformar de una vez por todas las haciendas locales para dotar de más capacidad fiscal y más participación en los tributos estatales y asegurar la ansiada participación en los de carácter autonómico. La solución escogida ha sido igualar por lo bajo (cortar por lo sano, dirá el Gobierno) y reducir las expectativas competenciales del poder municipal, en coherencia con el inmovilismo en materia de financiación local, perpetuamente insuficiente.
Algunas reformas legislativas no tienen un efecto inmediato en la vida de las personas, pero, cual marejada que horada las rocas hasta desmoronar peñas enteras, en el caso que nos ocupa carcome todo un sistema de políticas públicas.

Publicado en El Comercio, 2 de marzo de 2014.

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22.3.14

POR QUÉ SE ESCINDE LA DERECHA

Hasta la fecha todos los experimentos políticos situados a la derecha del PP -que ya es decir- no habían pasado de fugaces viajes casi en solitario (los del Partido Demócrata Español del antiguo portavoz parlamentario de AP, Juan Ramón Calero) o de disidencias de carácter local y regional resultado de luchas de poder más que de diferencias políticas y con recorridos por lo general cortos aunque con chispazos de éxito electoral, como es el caso, por ejemplo, de Foro y el casquismo asturiano. Salvando estas escisiones y la ocasional zozobra que causan en el pétreo aparato conservador, los conatos de organización en partidos políticos de la extrema derecha afortunadamente nunca han tenido, por falta de habilidad, escaso predicamento y deficiente estrategia, ocasión para disputar el electorado más duro al propio PP.  Entre otras cosas porque el éxito del PP reside, entre otros motivos, en cierta capacidad camaleónica y en su escaso apego por cualquier definición ideológica, más allá de algunos elementos comunes a todo el espectro de la derecha, en parte de los cuáles (nacionalismo centralista más o menos velado, invocación del orden, desconfianza hacia el diferente, aversión a los movimientos sociales progresistas y sindicatos, etc.) se encuentran perfectamente identificadas las corrientes más puramente autoritarias.
Sorprende que, en el momento en el que el PP acumula más poder institucional, obtiene más cobertura mediática propicia y despliega -con éxito y el viento de los tiempos a favor- una estratégica destinada a edificar su modelo de darwinismo social (y, paradójicamente, de creacionismo, si dejan al converso Gallardón y a Fernández Díaz), surja una escisión por la derecha con visos de abrir un espacio político nuevo. La aventura de VOX puede ser, en este caso, algo más que eso, en tiempos de populismo rampante, descrédito de los partidos tradicionales y falta de referencias políticas. Sobre todo porque agita las mismas bajas pasiones que en los últimos años han movilizado con intensidad a la derecha más rocosa, haciéndose portavoz de sus aspiraciones de forma pretendidamente más genuina –y agresiva, por lo tanto- que el posibilista PP. Cuando el PP de los años de oposición, arrastrado por el oportunismo más disolvente, acusó descarnadamente a Zapatero de “traicionar a los muertos” aludiendo a las víctimas del terrorismo; alimentó el discurso contra lo público y la política; estimuló el recelo contra el sistema autonómico; batalló contra las políticas de promoción de la igualdad y respeto a la diversidad; o instigó el desprecio frente al nacionalismo periférico vasco y catalán, estaba abriendo paso a que una derecha “sin complejos”, en la terminología aznariana, quisiese hacer realidad su agenda de máximos. Ahora el problema lo tienen encima de la mesa, porque lo de VOX puede ir en serio si apuntalan un estilo aparentemente normalizado, consiguen ciertas alianzas mediáticas más sólidas y fondos suficientes. Y su eventual irrupción en la vida política, si obtienen escaño en las europeas, acabará pesando en el discurso del PP, que se planteará recuperar ese electorado, asumiendo mensajes del nuevo partido; el problema será entonces de todos porque afectará de lleno al sistema político, con un PP más radicalizado, si cabe.
Lo llamativo de todo esto es que el PP no sufre bajas por empobrecer a las rentas medias y bajas, ni por devaluar el trabajo asalariado, ni por horadar los servicios públicos, ni por cuestionar los derechos sociales, ni por incluir la cadena perpetua en su reforma del Código Penal, ni por convertir el acceso a la justicia en un bien de lujo para la mayoría, ni por criminalizar las protestas ciudadanas, ni por querer obligar a las mujeres que desean interrumpir su embarazo a llevarlo obligatoriamente a término. Eso sería lo lógico si el centro-derecha en España tuviese una trayectoria evolutiva de modernidad y moderación, que provocaría que su corriente verdaderamente liberal (hoy llaman liberal a cualquier cosa, Esperanza Aguirre incluida) y -si existe tal cosa- centrista, huyera despavorida de la deriva tomada por el PP. Sin embargo, los que se van lo hacen porque creen que el Gobierno de España debería haber desobedecido la Sentenciadel Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot, o porque ansían la suspensión de la autonomía catalana o porque los creen blandos (¡!) frente a la contestación social. Cosas de la caverna española.

Publicado en Asturias24, 4 de febrero de 2014.

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30.11.13

UNA ALTERNATIVA PROGRESISTA… Y NECESARIA

A modo de disertación y, en buena medida, de manifiesto, el economista asturiano Jonás Fernández ha publicado “Una alternativa progresista” (Ediciones Deusto, octubre de 2013) no tanto para analizar las causas de la crisis y sus responsables, sino, sobre todo, para ofrecer propuestas dirigidas a recobrar el crecimiento en beneficio común y recuperar la esperanza en la política. El autor atesora una trayectoria académica y profesional brillante pero no es un economista al uso; primero porque no es una voz más entre aquellas que, siguiendo los mantras de la corriente principal, se limitan a apuntalar lo ya dicho por los centros de pensamiento económico dominante; segundo, porque no rehúye el posicionamiento personal y reclama un sentido moral y político a la ciencia económica, algo en desuso en tiempos de hipócrita elevación a los altares de la supuesta asepsia de su disciplina; y tercero, y no menos importante, porque su espíritu crítico le impide igualmente caer en ensoñaciones que se alejen de la realidad de una materia, la macroeconomía, en la que el voluntarismo y la falta de solidez pueden empedrar el infierno de buenas intenciones. En “Una alternativa progresista”, no hay lecciones de economía descarnada pero sí solvencia en el análisis, madurez en el enfoque y compromiso en los objetivos. No es un libro puramente teórico ni un manual político, sino una aportación meditada, pegada a los problemas de nuestro tiempo y centrada en una agenda realizable pero ambiciosa en un momento en el que, frente al actual estado de cosas, cunde a partes iguales la resignación y la insensatez.
La obra gira sobre dos ejes fundamentales, que constituyen toda una reivindicación y un ideario personal, que bebe del recorrido histórico de la izquierda con vocación de gobierno. El primer eje es la recuperación de un impulso reformista desde posiciones progresistas, desgranando los aspectos principales de un amplio programa en política europea, defendiendo una integración económica real e instituciones eficaces; finanzas; fiscalidad, mercado de trabajo; Estado del Bienestar; Administración y funcionamiento del sistema de partidos, aspecto en el que se muestra abiertamente crítico con el escenario actual. Acierta plenamente en el punto de partida, situándose frente a la apropiación del discurso reformista por la derecha, que ha patrimonializado y colocado esa ambivalente etiqueta a todos los productos de su política involucionista; y combinando su apuesta con el prudente escepticismo frente a las posiciones instaladas en una ética de la resistencia sin duda muy digna pero sin más alternativas viables que contar, mes a mes, los evidentes retrocesos de este periodo. Efectivamente, hace falta recuperar un espíritu pragmático pero exigente y, porque no decirlo, optimista y esperanzado, que quiera recurrir a la acción política colectiva -y a las ideas que la sustentan- como instrumento valioso para promover cambios efectivos y que esté dispuesto a superar inmovilismos y añoranzas (nada será lo que fue) que conducen a la inacción, a la derrota y a la inútil melancolía. 
El otro eje sobre el que gira su propuesta es un genuino pero actualizado pensamiento socialdemócrata, del que escasea por su coherencia y por reivindicarse en las horas bajas de esta corriente, atrapada entre los escombros de sus veladas renuncias, el neoliberalismo más atroz, los populismos de uno y otro signo, los nacionalismos varios y el puro nihilismo de las invocaciones antisistema. Parece mentira que sea hoy reducto de unos pocos la defensa de políticas de reformas dirigidas a sentar las bases de economías eficientes y competitivas para favorecer la cohesión social y las oportunidades, que eso es en esencia la socialdemocracia, pero así estamos.
Como declara la cita del poeta Ángel González con la que se abre el ensayo, el futuro es “tiempo de verbo en marcha”, porque, precisamente, de lo que se trata es de incitar a la reflexión y, con ella, motivar para la acción política, sin quedarse atrapada en seminarios y discusiones etéreas. Si el compromiso proviene de la ciencia económica, en estos momentos en que se precisan discursos eficaces y bien construidos, tendremos buenos mimbres para construir la alternativa necesaria.

Publicado en Asturias24, 26 de noviembre de 2013.

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17.11.13

PENSIONES DE MIERDA

Mátese usted a trabajar, hasta los 65, los 67, los 70 años; más si puede. Afánese usted en cotizar, 25 años, 35 años, 38 años y medio. Acepte que de su salario bruto se detraiga una cantidad todos los meses para las cotizaciones sociales. Asuma que su empleador establezca su sueldo considerando, lógicamente, todos los costes que comporta su puesto de trabajo, cuota patronal incluida. Alcance el final de su vida laboral, probablemente extenuado y un poco harto, habiendo cumplido con su deber de contribuir. Llegada la hora de determinar la prestación de jubilación que recibirá, cuando le toque el turno y haya desplegado todos sus efectos la Ley reguladora del Factor de Sostenibilidad y del Índice de Revalorización del Sistema de Pensiones de la Seguridad Social, que así se llama el instrumento,  comprobará que su pensión será, probablemente, poco más que de subsistencia. Que si no tiene un plan de pensiones privado decentemente dotado, ahorros suficientes o patrimonio del que obtener una rentabilidad con su explotación, lo va a pasar regular, como poco. Que, si su sueldo ha estado gran parte de su vida laboral de la media hacia abajo no se podrá permitir ninguna licencia, le esperará la pobreza térmica en los inviernos y las vacaciones en el parque los veranos. Y de echar un cable a las personas de su entorno a las que les vaya peor –como generosamente hacen tantos pensionistas hoy día- mejor olvidarse.
No es ninguna caricatura sino el efecto que traerá la planificación del sistema público de pensiones que el Gobierno de España y el partido que lo sustenta van camino de poner en marcha por la vía rápida, sin diálogo social y sin más respaldo que el suyo, pero con escasa conciencia entre la ciudadanía sobre lo que representa; y, lo peor, con tenue contestación ciudadana. El 1 de enero de 2014 la revalorización de las pensiones, desvinculada del Índice de Precios al Consumo (IPC), considerando la menguada afiliación a la Seguridad Social y la situación económica, comenzará, por lo común y en la mayoría de los ejercicios, a divergir del coste de la vida, en especial mientras no se recuperen niveles de empleo y cotizantes aceptables (porque que los salarios se recuperen ni siquiera se desea). Los periodos de bonanza apenas corregirán la tendencia porque, por mandato legal, las pensiones nunca se incrementarán un 0,25% más que el IPC. Además, con esta política económica continuamos perdiendo masa laboral y sustento del sistema a chorros, movimientos migratorios incluidos, porque se ha minusvalorado el trabajo de una forma atroz: o no merece la pena buscarlo, o mejor encontrarlo fuera si se tienen expectativas.
Si esto fuera poco (y como van las cosas que nadie descarte otra revisión del sistema en unos años), a partir de 2019 entrará en juego Factor de Sostenibilidad, para vincular el importe de las pensiones a la esperanza de vida de los pensionistas. El éxito colectivo que representa que la gente viva más jugará en contra de que la mayoría viva mejor, toda una paradoja que, no obstante, las políticas del PP van camino de solucionar a la brava: en España en 2012 descendió por primera vez en lustros la esperanza de vida (de 79,16 a 79,01 años en los hombres; y de 84,97 a 84,72 años en las mujeres).
Mátese a pagar tributos toda su vida. Asuma que las rentas del trabajo y los impuestos indirectos, que pagan el común de los mortales, sostengan la recaudación tributaria en España. Acepte que eso no se traduzca en servicios públicos de calidad sino menguantes y, más temprano que tarde, subsidiarios de su provisión por el sector privado (sanidad y educación incluidas, según van las cosas). Consienta que las pensiones de jubilación no se vayan a financiar jamás parcialmente por vía tributaria y que, ante cualquier queja se blanda la insostenibilidad fatal del sistema.
Reconozca que todos los menores de 45 años ya nos hemos hecho a la idea, previsores pero conformistas, de que cualquier prestación del Estado del Bienestar, pensiones incluidas, será un espejismo o un modesto complemento a lo que hayamos conseguido por nuestra cuenta. Contemple que la aspiración de una realidad socioeconómica mejor organizada, con los avances de la tecnología y el conocimiento, con el trabajo repartido, estimulante, digno y razonablemente pagado, es una ensoñación al estilo de los falansterios o de New Harmony.

Y, finalmente, regodéese con las declaraciones de la Ministra de Empleo y Seguridad Social, que a buen seguro no tendrá ninguno de estos problemas que a usted y a mí nos inquietan, afirmando que el sistema será ahora “más justo y solidario” y que su contrarreforma se trata de “una conquista social”. Es para darle las gracias.

Publicado en Asturias 24, martes 12 de noviembre de 2013.

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11.11.12

CLASE POLÍTICA

En los últimos tiempos ha hecho furor la denominación “clase política” para referirse a la dirigencia de los principales partidos políticos, los responsables públicos y los representantes de la ciudadanía en Cortes Generales, asambleas legislativas de Comunidades Autónomas, ayuntamientos, etc. El término no es precisamente novedoso, pero ahora ha alcanzado tal grado de difusión que es empleado constantemente a todos los niveles y no digamos ya en los medios de comunicación. Incluso parte de los propios interesados lo utilizan para referirse a sí mismos, ya sea con la crudeza que comporta hablar de “clase” o con la versión más liviana pero con igual carga de profundidad que viene de la mano de la referencia a “los políticos”, como segmento identificable y diferenciado del resto.
Las palabras, como sabemos, no son inocuas, en su contexto y con su sentido. Las connotaciones del término “clase” son muy significativas porque alude a colectivos con intereses contrapuestos, evoca el conflicto e introduce en una misma bolsa (burbuja, podría decirse en este caso) a los que se engloban bajo esa categoría, por antagonismo con el resto. Efectivamente, cada vez que machaconamente se hace referencia a la clase política, instalando a martillazos tal noción en el ideario colectivo, se agranda una división entre representantes y representados y, como profecía autocumplida, profundiza en el recelo con el que una mayoría social observa el juego político y el funcionamiento del sistema parlamentario actual.
El terreno está, por lo tanto, abonado para el inquietante populismo, que crece tanto dentro como fuera de las propias instituciones del sistema. Pero es también campo abierto para el necesario replanteamiento de disfunciones aparentemente inamovibles, si prosperase una agudeza política que hoy por hoy brilla por su ausencia. Porque ante el reto que supone la crisis de confianza en el método representativo actual, de poco sirve acusar a poderes supuestamente ocultos de agitar las aguas con el interés espurio de debilitar el marco de organización política vigente, si no somos capaces de advertir la existencia de causas reales y justificadas en el distanciamiento de la ciudadanía con el sistema que aspira a canalizar a sus aspiraciones. Y es que motivos justificados hay para el escepticismo, cuando los partidos políticos ponen en segundo plano su mandato constitucional de ser instrumento fundamental de participación, cuando la resignación domina la escena, cuando al cuestionamiento del papel de lo representantes públicos se responde con la descalificación de base –o la represión pura y dura- del que critica, cuando cualquier invocación del sacrificio esconde una condena a la depauperación y cuando algunos gestos de supuesta comprensión de los efectos de la crisis económica esconden un cinismo insoportable en quien no conoce, ni de lejos, el impacto de las medidas adoptadas en la vida de millones de personas reducidas a la condición de cifras en las estadísticas.
De nada servirá alertar de los peligros de la antipolítica si los que creemos en la viabilidad de la democracia representativa no somos capaces de constatar las múltiples carencias de su construcción actual, pocas de éllas enmendadas, que son las primeras en ponerla en riesgo de colapso.

Publicado en Fusión Asturias, noviembre de 2012.

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21.9.12

POLÍTICA Y CRISIS


Las encuestas periódicas del Centro deInvestigaciones Sociológicas (CIS) vienen destacando, cada vez de forma más pronunciada, una grave desconfianza de la ciudadanía hacia las instituciones y, en particular, hacia todo lo que rodea a la actividad política. El barómetro del mes de julio de 2012, eleva a un grado superior la desafección entre la ciudadanía y su representación, y comienza por ello a despertar verdadera preocupación. El recelo hacia lo que se ha venido a denominar “clase política” es amplio, los partidos políticos son objeto de general reproche y a los líderes de éstos se les otorgan valoraciones escandalosamente bajas. Incluso se sitúa a instituciones, representantes públicos y fuerzas políticas como origen –casi principal- de las actuales dificultades económicas y de las consecuencias que padece la población: precariedad, incertidumbre, desempleo e incipiente depauperación.
Está claro que no se trata de un cabreo momentáneo de la ciudadanía en relación con su sistema de representación y las personas que ejercen tal cometido. La corriente es de fondo, tiene raíces remotas anteriores a la propia crisis y crece con fuerza con la frustración que acarrean los mensajes de fatalismo y resignación –con vanas invocaciones al sacrificio- que provienen de los poderes públicos frente a los aprietos actuales. Cuando se insiste machaconamente en la inevitabilidad de las medidas dolorosas y la falta de alternativas, la secuencia lógica lleva al receptor del mensaje a pensar en la inutilidad de un sistema de toma de decisiones que parece condenado a seguir dictados predeterminados, quedando vacío de sentido.
Parece evidente que el sistema de representación política actual experimenta muestras de fatiga, los partidos a través de los que se encauza la participación política tienen escasa capacidad de reacción y hay motivos para inquietarse por la salud democrática de los países en crisis, con algunos síntomas de reverdecer populista. En España, además, hay un elemento predominante y de rasgos propios que se añade al diagnóstico del problema, porque de las actitudes y expresiones de malestar de la ciudadanía, de su forma de protesta y de su posición ante el poder público, se desprende una singular conciencia de autosubordinación, aunque sea para desencadenar una posterior muestra de descontento o un fogonazo de cólera. Se admite de este modo la predemocrática dinámica en virtud de la cuál es el representante público (el “político” en la terminología de la calle) al que se le imputan las responsabilidades exclusivas –lo que libra de introspecciones molestas y evita buscar causas profundas a los problemas-, situándolo como el que da o el que quita, con la respuesta, según el caso, del agradecimiento expresado en el voto o la queja airada. El resquebrajamiento de la soberanía y la falta de capacidad real de intervención de los poderes públicos, de la que la ciudadanía no deja de percatarse, hace inviable este proceder (sin saber a qué nos llevará la siguiente etapa), porque de la posición del “político” hacedor se pasa a, como mucho, la de ejecutor de instrucciones ajenas.
No obstante, la propia asunción del concepto de “clase política” parece profundamente interiorizada, con la mayoritaria aceptación, casi con naturalidad, de la separación entre el común de la ciudadanía y la minoría a la que se atribuye en exclusiva la gestión de los asuntos públicos, como si ésta no fuese parte de aquélla, y, lo peor, como si fuese razonable para el ciudadano medio no ser partícipe -al menos en cierto grado- de la actividad política. La consecuencia de esta disgregación es una inadecuada noción del liderazgo público y que la relación entre población y “clase política” sólo pueda ser de aprobación o desaprobación y, en el mejor y menos usual de los casos, de control y fiscalización de los representados sobre los representantes. El resultado es un penoso empobrecimiento, hasta quedar prácticamente diluido, del concepto de ciudadanía en su más elevada acepción, que comporta no sólo observación, opinión y criterio sobre los asuntos comunes, sino también implicación activa y participación en el sistema.

Publicado en Fusión Asturias, septiembre de 2012.

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13.3.12

LA BOFETADA DE BEATE

Cuando Beate Klarsfeld, tras colarse con un pase de prensa en el Congreso de la CDU en Berlín, saltó a la mesa presidencial para propinar una bofetada al Canciller alemán, el antiguo miembro del partido nazi reconvertido a democratacristiano Kurt-Georg Kiesinger, provocó en un primer momento sorpresa e indignación. Corría el año 1968, las democracias occidentales se agitaban por sus propias contradicciones, incapaces de dar respuesta a la insatisfacción vital de sus generaciones jóvenes y corroídas por las convulsiones de rechazo a las sombras del autoritarismo. En ese contexto conflictivo, la cazadora de nazis llevaba a cabo desde 1966 una intensa campaña dirigida a exigir la renuncia del responsable del Gobierno de la República Federal Alemana, por su pasada colaboración con el régimen hitleriano. El mensaje que Beate divulgó por todo el país, siguiendo los pasos de Kiesinger en buena parte de sus actos para recordarle su trayectoria, era elemental: ninguna persona que hubiese tenido la más mínima colaboración con el nazismo podía ser considerada digna de ejercer una responsabilidad tan destacada, porque, contrariamente a lo que una parte significativa de la sociedad alemana continuaba admitiendo en su fuero interno, sí había alternativa moral a la participación en el engranaje totalitario. Aunque la desaprobación al manotazo resultó general, con el gesto, la persistencia de su denuncia y las pruebas que Beate reunió sobre el oscuro pasado de Kiesinger, la activista reavivó el debate sobre la necesidad de completar el proceso de desnazificación, agravó el desprestigio del Canciller y minó su apoyo electoral, saldado con su salida del Gobierno en 1969.

La aparente estabilidad de los sistemas políticos de las democracias consolidadas a veces precisa sacudirse determinadas asunciones preconcebidas para poder conocer en profundidad la realidad sobre la que se edifican. Percibir la injusticia intrínseca de muchas de las normas y principios que nos sujetan, impuestos o asumidos, no es un proceso pacífico ni sencillo y en ocasiones requiere gestos que hagan aflorar el cuestionamiento de lo que hasta entonces dábamos por sentado. Aunque es amplísima –con razón- la preferencia por las formas de presión, más elevadas moralmente, que destierren todo atisbo de violencia, en el ejemplo citado pocos son los que pueden desacreditar en su conjunto la labor de Beate Klarsfeld por la bofetada dada a Kiesinger y algunos incluso la sitúan como símbolo del rechazo de una generación criada en la postguerra mundial a aquellos de sus antecesores que, aunque actuasen como el común de la población, transigieron con la barbarie.

Cuando de analizar esta clase de gestos se trata, no conviene caer en la ensoñación de la supuesta armonía social y la consiguiente abominación de la reacción abrupta, si ésta procede del legítimo descontento. La capacidad de digerir los conflictos que se producen en las entrañas de la sociedad es, por definición, limitada y es menor cuando la acción del poder se orienta a la defensa de intereses ajenos a los de la mayoría. Tampoco se pueden desconocer los diferentes grados y formas de violencia institucionalizada, enraizada como parte del sistema, que muchos de sus integrantes padecen y ante la que las respuestas desabridas brotan por heridas más abiertas en estos tiempos difíciles. Por eso, encauzar las controversias y apaciguar las tensiones, las que crecerán día a día mientras la crisis siga llevándose por delante en cuestión de meses las conquistas sociales alcanzadas durante décadas, es una tarea que no se podrá acometer sin atender a las causas de un malestar plenamente justificado.

Publicado en Fusión Asturias, marzo de 2012.

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