Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

22.3.14

POR QUÉ SE ESCINDE LA DERECHA

Hasta la fecha todos los experimentos políticos situados a la derecha del PP -que ya es decir- no habían pasado de fugaces viajes casi en solitario (los del Partido Demócrata Español del antiguo portavoz parlamentario de AP, Juan Ramón Calero) o de disidencias de carácter local y regional resultado de luchas de poder más que de diferencias políticas y con recorridos por lo general cortos aunque con chispazos de éxito electoral, como es el caso, por ejemplo, de Foro y el casquismo asturiano. Salvando estas escisiones y la ocasional zozobra que causan en el pétreo aparato conservador, los conatos de organización en partidos políticos de la extrema derecha afortunadamente nunca han tenido, por falta de habilidad, escaso predicamento y deficiente estrategia, ocasión para disputar el electorado más duro al propio PP.  Entre otras cosas porque el éxito del PP reside, entre otros motivos, en cierta capacidad camaleónica y en su escaso apego por cualquier definición ideológica, más allá de algunos elementos comunes a todo el espectro de la derecha, en parte de los cuáles (nacionalismo centralista más o menos velado, invocación del orden, desconfianza hacia el diferente, aversión a los movimientos sociales progresistas y sindicatos, etc.) se encuentran perfectamente identificadas las corrientes más puramente autoritarias.
Sorprende que, en el momento en el que el PP acumula más poder institucional, obtiene más cobertura mediática propicia y despliega -con éxito y el viento de los tiempos a favor- una estratégica destinada a edificar su modelo de darwinismo social (y, paradójicamente, de creacionismo, si dejan al converso Gallardón y a Fernández Díaz), surja una escisión por la derecha con visos de abrir un espacio político nuevo. La aventura de VOX puede ser, en este caso, algo más que eso, en tiempos de populismo rampante, descrédito de los partidos tradicionales y falta de referencias políticas. Sobre todo porque agita las mismas bajas pasiones que en los últimos años han movilizado con intensidad a la derecha más rocosa, haciéndose portavoz de sus aspiraciones de forma pretendidamente más genuina –y agresiva, por lo tanto- que el posibilista PP. Cuando el PP de los años de oposición, arrastrado por el oportunismo más disolvente, acusó descarnadamente a Zapatero de “traicionar a los muertos” aludiendo a las víctimas del terrorismo; alimentó el discurso contra lo público y la política; estimuló el recelo contra el sistema autonómico; batalló contra las políticas de promoción de la igualdad y respeto a la diversidad; o instigó el desprecio frente al nacionalismo periférico vasco y catalán, estaba abriendo paso a que una derecha “sin complejos”, en la terminología aznariana, quisiese hacer realidad su agenda de máximos. Ahora el problema lo tienen encima de la mesa, porque lo de VOX puede ir en serio si apuntalan un estilo aparentemente normalizado, consiguen ciertas alianzas mediáticas más sólidas y fondos suficientes. Y su eventual irrupción en la vida política, si obtienen escaño en las europeas, acabará pesando en el discurso del PP, que se planteará recuperar ese electorado, asumiendo mensajes del nuevo partido; el problema será entonces de todos porque afectará de lleno al sistema político, con un PP más radicalizado, si cabe.
Lo llamativo de todo esto es que el PP no sufre bajas por empobrecer a las rentas medias y bajas, ni por devaluar el trabajo asalariado, ni por horadar los servicios públicos, ni por cuestionar los derechos sociales, ni por incluir la cadena perpetua en su reforma del Código Penal, ni por convertir el acceso a la justicia en un bien de lujo para la mayoría, ni por criminalizar las protestas ciudadanas, ni por querer obligar a las mujeres que desean interrumpir su embarazo a llevarlo obligatoriamente a término. Eso sería lo lógico si el centro-derecha en España tuviese una trayectoria evolutiva de modernidad y moderación, que provocaría que su corriente verdaderamente liberal (hoy llaman liberal a cualquier cosa, Esperanza Aguirre incluida) y -si existe tal cosa- centrista, huyera despavorida de la deriva tomada por el PP. Sin embargo, los que se van lo hacen porque creen que el Gobierno de España debería haber desobedecido la Sentenciadel Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot, o porque ansían la suspensión de la autonomía catalana o porque los creen blandos (¡!) frente a la contestación social. Cosas de la caverna española.

Publicado en Asturias24, 4 de febrero de 2014.

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16.11.13

LEONARDA

Tiene quince años. Se expresa con claridad y convicción, como hemos podido comprobar en sus declaraciones. Vivía en Levier (Doubs, Franco Condado), estudiaba en el liceo André Malraux y, siguiendo el mensaje de la gran novela homónima del polifacético escritor y político francés, albergaba la esperanza de que una lucha personal y colectiva le redimiese ante las dificultades que su condición le deparaba. Adolescente, con pocos recursos, gitana e inmigrante, con todas las papeletas para sufrir más penalidades de las que pudiese aguantar. Aun así, por su forma de hablar, de explicar lo que le ha sucedido, de apelar a los valores más elevados de la Francia republicana; y, sobre todo, por su fuerte determinación, es posible aventurar que Leonarda Dibrani iba a aprovechar las pocas oportunidades que la vida le brindase.
            Cuando se llevaron a Leonarda del autobús en el que viajaba en una excursión escolar, las autoridades francesas franquearon varios límites de los que será muy difícil regresar. Violaron el santuario escolar –porque de la actividad de un liceo se trataba- en el que una regla no escrita pero netamente civilizadora indica que salvo necesidad imperiosa las fuerzas de seguridad no deben actuar, y menos para detener a una menor de edad y apartarla de su carrera académica para deportarla. Emularon las humillaciones a las que las minorías que en el mundo han sido resultan sometidas desde siempre: escogidos de entre la fila, seleccionados para la depuración, llamados para ser bajados del autobús y olvidar otro destino que no sea el de la marginación y el desprecio. Se entregaron a satisfacer la irrefrenable ansia de represión y exclusión que alimenta en los últimos años la xenofobia rampante de una Europa desnortada. Y, peor aún, relegaron cualquier consideración humanitaria sobre Leonarda y su familia, expulsados a Kósovo, pese a las dudas sobre su verdadero origen y sus peticiones de asilo; sin considerar la inapelable integración de la menor en la Francia a la que, se quiera o no, ya pertenecía; y sin tener en cuenta que en Kósovo la población romaní, en particular desde la guerra y secesión de facto de Serbia, es víctima de fuertes discriminaciones y hostigamiento.
            Veremos como acaba su historia, ahora que el Gobierno de Hollande, amedrentado por el auge del Frente Nacional, atenazado por su incapacidad para ofrecer alternativas a un modelo en crisis, pero también presionado por las valientes manifestaciones de solidaridad de los estudiantes franceses (siempre acuden cuando una noble causa les invoca), ha abierto la puerta al retorno de Leonarda. Ella, sin embargo, con todo el sentido común, apela a su derecho a vivir junto a su familia y no quiere regresar sin ella.

            Si no hay una brizna de humanidad y cordura que permita a Leonarda recuperar sus sueños; si para tratar de apaciguar –con poco éxito, seguro- a la bestia del racismo y el temor al extranjero, se sigue por esta pendiente, ¿qué será lo siguiente? Quizá llevar a cabo redadas de detenciones y deportaciones masivas y televisadas, al estilo Putin. O reemprender sin tapujos la vieja estrategia de culpabilización al diferente para justificar la crisis y sus padecimientos. O asumir veladamente, de forma consciente o llevados por la corriente, la agenda del triunfante populismo europeo al que se dice combatir.

Publicado en Fusión Asturias, noviembre de 2013.

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1.5.12

DEMASIADO MANSOS


Solemos admirar a los países escandinavos por su elevado grado de civilización, las políticas inclusivas de sus Estados y su apego a la diplomacia y la solución pacífica de los conflictos. Habitualmente nos asombra la serenidad con la que, al menos en apariencia, son capaces de digerir las convulsiones, los puntuales estallidos de violencia o algunos crímenes que conmocionan a la ciudadanía. Por muy avanzada que, en la opinión mayoritaria, se considere a estas sociedades, la práctica inevitabilidad de episodios violentos ha dejado muestras intensamente dramáticas en los últimos años, desde las matanzas de Kauhajoki (2008) y Tuusula (2007) en Finlandia, ambas perpetradas por un estudiante frente a sus compañeros, hasta el historial de magnicidios en Suecia, con el asesinato de la Ministra de Asuntos Exteriores Anna Lindh (2003) o del emblemático líder socialdemócrata Olof Palme (1986). En todos los casos no parece que los principios y valores fundamentales que inspiran la organización social y el sistema político de estos países se hayan deteriorado gravemente, a pesar del dolor padecido y aunque, como en tantas otras cosas, la procesión vaya por dentro.
El episodio más terrible sin duda es el atentado contra edificios gubernamentales de Oslo seguido del ominoso crimen de Utoya, en el que, el 22 de julio de 2011, Anders Breivik acabó cruelmente con la vida de 69 jóvenes de las juventudes delPartido Laborista, y que ahora se juzga en el Tribunal de Justicia de la capital noruega. Las imágenes del asesino confeso con actitud desafiante hacia los magistrados, fiscalía y público, con saludo ultraderechista de regalo (sin que esto acarrease su expulsión de la sala, sorprendentemente), su ausencia total de arrepentimiento y compasión hacia las víctimas y su arrogante proclama sobre la significación de la atrocidad cometida, a priori harían humanamente comprensible una reacción popular que fuese más allá del simbólico rechazo. Sin embargo la respuesta dada, incluido el canto colectivo de Niños del Arco Iris, es elocuente por sosegada, pacífica y por dar muestras de confianza en las instituciones y el proceso judicial, pese a que se debata vivamente sobre cuál deba ser la severidad de la pena a imponer.
Aunque la sociedad noruega parezca sabiamente dispuesta a no dejarse arrastrar por las pasiones, lo que no convendría dejar pasar, ni allí ni en el resto de Europa, es la advertencia sobre el discurso del odio que alimentó el ideario de Breivik y el tipo de violencia que él llevó a cota inédita en tiempos recientes. Que Breivik posiblemente no fuese completo dueño de sus actos y pueda padecer un trastorno psiquiátrico que lo haga inimputable, lo que es materia principal dediscusión en el procedimiento judicial en curso, no impide señalar que su crimen tiene una motivación estrictamente política, fundamentada en la aversión al diferente y en aberrantes construcciones teóricas sostenidas en el populismo neofascista. Aunque Breivik no se encuentre en sus cabales, sus soflamas no surgen de la nada ni son de autoría propia, ya que han germinado en un sustrato de islamofobia, xenofobia y desprecio a los valores democráticos, caudal de una corriente oscura de la que pocos países europeos se libran, que deteriora profundamente la convivencia y pone en jaque a las sociedades democráticas. No en todos los casos el resultado son expresiones de violencia tan extrema y sanguinaria, pero la propagación del prejuicio al extranjero, el refugio en supuestas esencias religiosas y culturales, el mensaje antiinmigratorio, la vuelta al darwinismo social y el culto a los liderazgos autoritarios son el caldo de cultivo en el que se ha criado el monstruo.
Quizá Breivik sea simplemente un loco, despiadado y fuera de control, cuya huella amarga y aborrecible será ya imborrable en Noruega y Europa, y cuyo ideario no deja de ser el desatino grotesco e inconsistente de un fanático. Pero la doctrina del odio que lo alentó tiene fuentes, réplicas y expresiones suficientemente establecidas y amenazantes como para tomárselas en serio antes de que adquieran cuerpo o conduzcan a que otro iluminado quiera llevarlas a la práctica por su cuenta.

Publicado en Oviedo Diario, 28 de abril de 2012.

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