Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

9.6.13

ABUNDANCIA Y VERDAD

Poco le falta al partido gobernante en España para promover una remodelación del Ejecutivo en el que, al modo orwelliano, se refundan los Ministerios en el del Amor, el de la Paz y, sobre todo el de la Abundancia y el de la Verdad. Por lo pronto ya nos hemos acostumbrado a utilizar para hablar de los ministerios el acrónimo de su dominio en internet (el Mir para aludir al Ministerio del Interior, el Minetur para referirse al de Industria, Energía y Turismo, etc.), como en la neolengua se referían al Mindancia o al Minver, por citar los dos últimos del imaginario de 1984. La clave, como siempre, se basa en la machacona repetición del discurso, su amplificación en medios públicos y afines –cada vez más exaltados-, la escasez de explicaciones y sobre todo, la expulsión de la voz disidente a la marginalidad, criminalizando cualquier resistencia. Todo ello acompañado de la creación de una realidad paralela, más bien burda; contemplen por ejemplo en los informativos de la televisión estatal como no hay rastro de la crisis social (todo son animosos emprendedores y buenas caras al mal tiempo). El problema es que después de cinco años de crisis aguda, del empobrecimiento de los trabajadores, de la destrucción del tejido productivo, del deterioro irreversible de los servicios públicos, casi nadie se cree ya nada y menos aún los mensajes que provengan de una autoridad pública. De este modo, los repetidos anuncios de que ya se ve -a la vuelta de la esquina como quien dice- un principio de recuperación, provocan el sonrojo y la ira a más de uno. Y la colección de eufemismos para hablar de las medidas leoninas con las que se castiga a la población ya se ha agotado hace tiempo.
Un lustro después de que el castillo de naipes de la aparente comodidad comenzase a desmoronarse y 16 meses después de que el Gobierno de España convirtiese la desigualdad y el sufrimiento colectivo de la población en su conquista más preciada, la desesperanza ha calado hasta los huesos y poco se puede sacar en limpio de la experiencia, más allá de la profunda desconfianza a la que es difícil sustraerse. Las previsiones de las organizaciones económicas internacionales acaban, en este sentido, de arrebatar el último gramo de credulidad que a algunos todavía les quedaba, porque con vaticinios para este año de empeoramiento en la evolución del Producto Interior Bruto (-1,6% en 2013 según el FMI), una tasa de paro esperada del 27%, un sector financiero del que la OCDE afirma que seguirá en crisis crónica, el estupor de cifras de déficit público (si no se escamotean de las cuentas las ayudas a la banca, claro) del 10,6% del PIB al cierre del ejercicio pasado (no muy alejadas de las que llevaron a comenzar la espiral de recortes) y una deuda pública del 92% del PIB (casi el triple que en 2007), es difícil que no te flaqueen las piernas si aspiras a trabajar y contribuir en España. Sobre todo si pensamos lo que nos hemos dejado por el camino, incluyendo la credibilidad de las instituciones, la seguridad en las relaciones económicas, los mecanismos públicos de solidaridad y la provisión de bienes comunes con cuya calidad y razonable eficiencia hasta hace poco contábamos.
Por eso es un sarcasmo, se diría, que el Gobierno insista en que no hemos sido rescatados (pese a los 40.000 millones de euros en las ayudas a la banca, con un severo programa decontrapartidas) o que proclame que las políticas de laminación de lo público y presión a las rentas del trabajo son medidas inevitables, derramando  hipócritas lágrimas de cocodrilo por el dolor que causan. Y más aún que, caigan en el mismo error que ha arrastrado al descrédito a la gran mayoría de gobernantes de los países azotados por la crisis, atisbando la tierra prometida del crecimiento cuando estamos atrancados en la duna hasta las rodillas. Lo peor es que ya ni pueden esconder la risa nerviosa o la mueca amarga que sus propias palabras les provocan.
 
Publicado en Fusión Asturias, mayo de 2013.

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16.6.12

RESPETO PARA GRECIA



Hasta fechas no tan lejanas, helenizar significaba introducir las costumbres, cultura y arte griegos, en referencia principalmente al legado histórico que la Grecia clásica aportó al conjunto de la humanidad. Muchas de las categorías filosóficas, estéticas y políticas sobre las que se edifica la civilización europea beben –entre otras-de esa fuente y por eso cualquier persona atenta que haya podido tener un acercamiento a las grandes referencias de cultura griega, aunque sea simplemente visitando la Acrópolis ateniense o aproximándose a su mitología, siente la emoción que otorga el contacto con las propias raíces. La evocación de la Grecia clásica, con mayor o menor fortuna y sinceridad en quien ha hecho uso de ella, ha servido históricamente para exaltar la razón humanay el progreso, a veces contraponiendo el impulso modernizador de pensamiento, artes y ciencias frente a las pulsiones de la barbarie por muy tradicional que ésta sea. El joven Joyce que en septiembre de 1904 pretendió nada menos que fundar un polo de helenización de la atávica Irlanda en una vieja torre defensiva cercana a Dublín es muestra de esa confianza en la fuerza transformadora de la cultura clásica; por cierto, aunque su disparatado y visionario proyecto no durase más que una semana (¡y acabase a tiros!), al menos le aportó materia narrativa para construir el personaje de su alter ego Stephen Dedalus y relatarnos retazos de su fugaz aventura helenizadora entre las muchas tramas de su Ulises.
No deja de ser chocante que, en nuestros días, con una mezcla de desprecio, desafío y crueldad, algunos representantes públicos arrojen a la cara de los contestatarios el pretendido insulto de “helenizadores”, aunque sea con un sentido bien diferente, reducido al mezquino deseo de denostar todas las protestas frente a medidas que están provocando un preocupante deterioro social y un empobrecimiento masivo de los trabajadores en aquel y en este país. Detrás de ese argumento se encuentra, por un lado, una peligrosa intolerancia hacia el derecho de los ciudadanos a expresar su disconformidad, acompañada de la consiguiente criminalización de quien quiere ser consecuente con su disidencia; y, por otro lado, la arrogancia de quien se atreve a descalificar por sistema a todo un país, Grecia, como si esta clase de estigmatización no tuviese repercusiones. Al igual que no ha sido precisamente placentero soportar la comparación que el vencido Sarkozy pretendía establecer respecto a la situación de España y la que, según sus predicciones, azotaría a Francia si caía derrotado, nadie debería recurrir por estos pagos al desprestigio sistemático de Grecia, propio de quien se cree en condiciones de mirar por encima del hombro como forma de inútil alivio momentáneo ante los propios problemas. Esta clase de descrédito, al que nos hemos acostumbrado en los últimos meses, tiene, además, una inquietante pretensión, porque abre la puerta a considerar a la sociedad griega poco menos que incapaz de regirse por sí misma, tratando de reducirla a la mera condición de paciente -en estado crítico- postrado en la mesa de operaciones de las instituciones financieras europeas e internacionales y obligado a sus cuestionables terapias. Al instalarse la retórica de la admonición y la advertencia del castigo, como si la sociedad griega fuese menor de edad, cualquier llamamiento a la responsabilidad y al cumplimiento de compromisos con la UE y el FMI se vuelve una provocación que ha despertado en una sociedad frustrada las pasiones más elementales, con la radicalización consiguiente.
Ahora, incluso se valora desenganchar a Grecia del proyecto europeo, lo que significaría abrir la puerta a una involución potencialmente contagiosa y de recorrido incierto y a reconocer que todos los sacrificios de las medidas aplicadas junto a los planes de rescate fueron hechos en vano, dejando a un socio abandonado en una barquichuela a merced de la tempestad y encima cargando sobre sus hombros la marca de la culpa. Vista la pendiente descendente en la que nos encontramos, evitar que esto suceda no es sólo cuestión de justicia sino de defensa propia, en una Europa  siempre capaz de resucitar a sus propios demonios.

Publicado en Fusín Asturias, junio de 2012.

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8.4.12

EXHIBICIÓN DE TROFEOS

No me gusta ni un pelo la grosera demagogia que prácticamente atribuye los problemas macroeconómicos de los países del Sur de Europa al sometimiento a las políticas de austeridad y consolidación fiscal cuya imposición atribuyen exclusivamente al Gobierno alemán de Ángela Merkel. Creo que es una forma absurda –patética, incluso- de exculpar los problemas propios buscando una causa ajena, denunciando una maléfica mano negra que los causa; composición que además casa mal con el estilo de la Canciller, que no es precisamente de gesto fiero por muy alemana que sea. Me temo que tenemos suficientes paladines autóctonos de la disminución de lo público y del neoconservadurismo en boga: no nos hace falta buscarlos afuera ni endosar la responsabilidad a los germanos y los eurócratas. A su vez, de nada sirve repudiar a las instituciones comunitarias –hace dos días benefactoras pero hoy pintadas como madrastras- y negar que tenemos un serio problema de financiación pública y privada, agravado por la desbocada especulación pero crudamente real en su esencia.

Otra cosa bien diferente es el derecho, la necesidad diría, de analizar críticamente si el camino actual de tratamientos de choque, remedo europeo de los ajustes estructurales en otro tiempo aplicados por el FMI en otras latitudes, no acabará creando, por su intensidad y ritmo, un problema mayor del que pretende solucionar, dejando de lado, además, algunas de las causas estructurales de la crisis para centrarse en la ideológica tarea de reducir el sector público a su mínima expresión. Y, del mismo modo, convendría que los gobernantes más entusiastas de la agenda de recortes y privatizaciones tuviesen algo más de cuidado en su puesta en escena de alumnos aventajados, porque van a acabar dando pábulo a la exagerada interpretación que nos sitúa poco menos que como apéndices de Berlín. El hecho de que Rajoy dé en primicia explicaciones del Proyecto de Ley de Presupuestos Generales en entrevista privada a Volker Kauder (líder parlamentario de la CDU), antes que a las Cortes Generales o a la opinión pública, es cuando menos poco decoroso, sobre todo después de semanas jugando al gato y al ratón con los medios de comunicación para dar con cuentagotas apuntes sobre el tipo de recortes que pueblan las cuentas del Estado para este año.

El caso es que llueve sobre mojado porque ver a nuestro Presidente en el Consejo Europeo presumir, medio en broma medio en serio, sobre la huelga general que aventuraba -¡casi convocaba de oficio!- como consecuencia de la entonces proyectada reforma laboral, no fue precisamente inteligente. El campeonato de indiscreciones y el prurito neoliberal ante los profes de la Comisión europea siguió con Luis de Guindos, todo ufano al anunciar que la reforma sería extremely agressive, demostrando que en este siglo XXI no sólo hay que saber inglés para abrirse paso y ampliar horizontes culturales y profesionales, sino también para entender a nuestro Ministro de Economía. Aunque al común de los mortales nos sonroje un poco este vulgar y cruel anhelo que parece dominar a nuestro Gobierno, el caso es que desde el 29-M, ya tienen en sus vitrinas el que parecía su ansiado premio y nos tememos que van a por más. El problema es que, si se solazan en esa lógica perversa que consiste en exhibir el descontento popular como prueba de la agudeza de sus políticas, alimentarán una escalada inquietante mientras generan tensiones sociales muy serias. Y, al mismo tiempo, quizá sin saberlo y haciendo realidad aquello de que donde las dan las toman, se convertirán velozmente en candidatos a engrosar la lista de gobernantes sobrepasados por la crisis, objetos de exhibición en la galería de piezas cobradas por los mercados en el maremágnum de la crisis.

Publicado en Oviedo Diario, 6 de abril de 2012.

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22.1.12

GRANDES PALABRAS CUYO SENTIDO SE VACÍA

Hace apenas unos años era inimaginable que los responsables de los gobiernos europeos se viesen movidos a celebrar cada poco tiempo reuniones urgentes e ininterrumpidas –casi sesiones permanentes- con la perentoria necesidad de llegar a acuerdos de calado durante el fin de semana, antes de que los mercados de deuda pública y de valores retomasen las transacciones al lunes siguiente. Ahora ya nos hemos acostumbrado a la penosa repetición de encuentros del Consejo Europeo que se anuncian como el partido del siglo, previo aquelarre mediático que sitúa en el filo a la Unión y a sus ciudadanos en la estupefacción que provocan tantas dosis de dramatismo.

Nadie duda de la gravedad de la situación económica y seguramente es inevitable combinar la parafernalia institucional comunitaria -con su enésima foto de familia incluida- con la respuesta a los problemas impostergables, aunque se pueblen de ojeras los rostros de los mandatarios. Pero me permito dudar si no hay un punto de teatralidad y desasosiego evitable, que contribuye a poner las cosas más difíciles y a convertir a los europeos en espectadores divididos a partes iguales entre la incredulidad y la fatiga. Tampoco vamos a pedir que sigan el ejemplo del flemático Churchill, capaz de dormir la siesta bajo los bombardeos mientras afrontaba los días más difíciles de la II Guerra Mundial –y de ganarla, claro-, pero parece evidente que una mayor dosis de serenidad y compostura les falta a la mayoría.

Vivimos tiempos propicios para la cultura política y mediática de lo instantáneo y de la exageración. Tanto que ya no nos impresiona que, por poner dos ejemplos provenientes de la muy calmada Alemania, el Comisario Europeo de la Energía, de nombre Günter Öttinger, hable de “Apocalipsis” para referirse a la crisis subsiguiente al accidente nuclear de Fukushima o que Angela Merkel anuncie que Europa soporta su momento más crítico en los últimos 60 años. En el caso del Comisario, si la palabra se utiliza seriamente para otros cometidos habrá que preguntarse cómo referirse entonces al “verdadero” Apocalipsis, por ejemplo al desprovisto de efectismo pero enormemente turbador que nos muestra Lars von Trier en Melancholia. ¿Cree Öttinger que no somos capaces de advertir la gravedad de lo ocurrido en la central nuclear japonesa y de los peligros de la energía nuclear si no emplea términos más ponderados? En el caso de la todopoderosa canciller, sus calificativos superlativos vienen acompañados de otras muchas sentencias de similar carácter procedente de otras fuentes. La pérdida del impacto que tal afirmación debería tener proviene, indudablemente, de la repetición: en estos meses recientes nos lo dicen casi a diario. Sin embargo nuestro sentido común –que quizá yerre-, no deja de recordarnos que circunstancias aparentemente más graves han ocurrido en ese periodo que Merkel toma de referencia ¿Es más crucial esta etapa que los días de la construcción del Muro de Berlín? ¿Qué los meses previos y posteriores a su caída? ¿Que los momentos en que Europa era tablero de la Guerra Fría o muchos de sus países se veían envueltos en absurdas guerras coloniales? ¿Más grave que la crisis de la IV República Francesa en 1958? ¿Que la etapa en el que el terrorismo político golpeaba en la República Federal Alemana o en Italia, con el cuerpo de Aldo Moro hallado en el maletero de un coche? ¿Que la época en la buena parte de la Europa Mediterránea, España incluida, soportaba dictaduras militares o regímenes autoritarios?

¿No será que la escalada de tensiones azuzada por el zarandeo mediático mueve a perder la mesura en las valoraciones que hacemos, conduciéndonos a la simplificación y al sensacionalismo? Si es así, esa actitud sólo contribuye irremediablemente a empeorar las cosas y, peor aún, a las profecías autocumplidas.

Publicado en Fusión Asturias, enero de 2012.

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26.12.11

TECNÓCRATAS AL PODER

En estos tiempos de confusión y sucesión acelerada de acontecimientos, los últimos días han sido particularmente azarosos para la Unión Europea, que no acaba de sobreponerse a un sobresalto cuando la siguiente luz de emergencia ya se ha activado. Con la mayoría de los gobiernos nacionales abrumados por la catarata de dificultades para contener la crisis de las cuentas públicas, incapaces de evitar la nueva recesión que asoma y prácticamente resignados a dejarse llevar por el torrente, a las instituciones europeas apenas les queda margen para reaccionar e incluso se avanza que tanto el Banco Central Europeo como el Fondo Monetario Internacional carecen de capacidad suficiente para intervenir ante la magnitud de la escalada de encarecimiento de la financiación de los países en dificultades. De hecho, el BCE insiste en que no puede comprar ilimitadamente títulos de deuda españoles o italianos que se negocian en el mercado y el FMI concentra estos días sus afanes en conseguir recursos adicionales de los países emergentes ante el esfuerzo que representa participar en programas de rescate.

Pocas fronteras les quedan por franquear a los mercados, doblegadas las iniciativas reguladoras y arrojadas contra las cuerdas las instituciones internacionales y comunitarias (no digamos ya las estatales). En este sentido, es significativo que el siguiente paso en la crisis griega y la italiana sea directamente la sustitución de los gobiernos actuales, una vez que se entienden amortizados para la adopción de nuevas medidas. Para esta perentoria operación no se ha reparado en someter a una fuerte presión al engranaje constitucional de ambos Estados, en ambos casos promoviendo gobiernos de concentración, encabezados por dirigentes (Papademos y Monti) de perfil tecnócrata cultivado en las instituciones comunitarias. A los nuevos gobiernos se les otorga apariencia de transitoriedad, al tiempo que les dota, en la práctica, de poderes adicionales para, en la retórica eufemística neoliberal “hacer lo que tienen que hacer”, siempre dentro de la lógica del ajuste estructural, aumentando la sensación de estado de excepción económico. Aunque no surja de una convocatoria electoral –que no deja de ser el método más ortodoxo y razonable en términos democráticos para articular el reemplazo de un gobierno por otro- poco parece que pueda oponerse desde la perspectiva de la legitimidad formal, cuando esos nuevos gobiernos contarán para su elección con el respaldo parlamentario necesario y en este proceso de transición han intervenido decisivamente (al menos en apariencia) las presidencias de ambas repúblicas en su función moderadora. Pero la sensación inquietante es que este relevo viene inevitablemente impuesto por el contexto económico, la presión de los mercados -y sus intérpretes- y la búsqueda de revulsivos a la desesperada por parte de las instituciones financieras.

En el caso de Italia, por otra parte, la paradoja es doble, porque a Berlusconi no se lo llevan por delante sus escándalos económicos derivados de su inseparable condición de magnate y Presidente, sus amistades con mafiosos de todo pelaje, su desprecio a las instituciones y a la justicia, su intento de confeccionarse leyes a la medida de su deseada impunidad, su grosería, su desorden o la enorme degradación democrática que ha supuesto su gobierno. Nadie consiguió su dimisión ni le restó apoyos parlamentarios determinantes durante todo este descenso a los infiernos de la demagogia y el populismo que supuso su mandato. Sin embargo, en apenas una semana, otras fuerzas, tampoco particularmente democráticas, le enseñan la puerta de una nada airosa salida porque ya no les resulta eficaz para sus fines. Aunque justificadamente no habrá un solo lamento por ello, por lo menos da que pensar.

Publicado en Oviedo Diario, 12 de noviembre de 2011.

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