Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

16.6.12

RESPETO PARA GRECIA



Hasta fechas no tan lejanas, helenizar significaba introducir las costumbres, cultura y arte griegos, en referencia principalmente al legado histórico que la Grecia clásica aportó al conjunto de la humanidad. Muchas de las categorías filosóficas, estéticas y políticas sobre las que se edifica la civilización europea beben –entre otras-de esa fuente y por eso cualquier persona atenta que haya podido tener un acercamiento a las grandes referencias de cultura griega, aunque sea simplemente visitando la Acrópolis ateniense o aproximándose a su mitología, siente la emoción que otorga el contacto con las propias raíces. La evocación de la Grecia clásica, con mayor o menor fortuna y sinceridad en quien ha hecho uso de ella, ha servido históricamente para exaltar la razón humanay el progreso, a veces contraponiendo el impulso modernizador de pensamiento, artes y ciencias frente a las pulsiones de la barbarie por muy tradicional que ésta sea. El joven Joyce que en septiembre de 1904 pretendió nada menos que fundar un polo de helenización de la atávica Irlanda en una vieja torre defensiva cercana a Dublín es muestra de esa confianza en la fuerza transformadora de la cultura clásica; por cierto, aunque su disparatado y visionario proyecto no durase más que una semana (¡y acabase a tiros!), al menos le aportó materia narrativa para construir el personaje de su alter ego Stephen Dedalus y relatarnos retazos de su fugaz aventura helenizadora entre las muchas tramas de su Ulises.
No deja de ser chocante que, en nuestros días, con una mezcla de desprecio, desafío y crueldad, algunos representantes públicos arrojen a la cara de los contestatarios el pretendido insulto de “helenizadores”, aunque sea con un sentido bien diferente, reducido al mezquino deseo de denostar todas las protestas frente a medidas que están provocando un preocupante deterioro social y un empobrecimiento masivo de los trabajadores en aquel y en este país. Detrás de ese argumento se encuentra, por un lado, una peligrosa intolerancia hacia el derecho de los ciudadanos a expresar su disconformidad, acompañada de la consiguiente criminalización de quien quiere ser consecuente con su disidencia; y, por otro lado, la arrogancia de quien se atreve a descalificar por sistema a todo un país, Grecia, como si esta clase de estigmatización no tuviese repercusiones. Al igual que no ha sido precisamente placentero soportar la comparación que el vencido Sarkozy pretendía establecer respecto a la situación de España y la que, según sus predicciones, azotaría a Francia si caía derrotado, nadie debería recurrir por estos pagos al desprestigio sistemático de Grecia, propio de quien se cree en condiciones de mirar por encima del hombro como forma de inútil alivio momentáneo ante los propios problemas. Esta clase de descrédito, al que nos hemos acostumbrado en los últimos meses, tiene, además, una inquietante pretensión, porque abre la puerta a considerar a la sociedad griega poco menos que incapaz de regirse por sí misma, tratando de reducirla a la mera condición de paciente -en estado crítico- postrado en la mesa de operaciones de las instituciones financieras europeas e internacionales y obligado a sus cuestionables terapias. Al instalarse la retórica de la admonición y la advertencia del castigo, como si la sociedad griega fuese menor de edad, cualquier llamamiento a la responsabilidad y al cumplimiento de compromisos con la UE y el FMI se vuelve una provocación que ha despertado en una sociedad frustrada las pasiones más elementales, con la radicalización consiguiente.
Ahora, incluso se valora desenganchar a Grecia del proyecto europeo, lo que significaría abrir la puerta a una involución potencialmente contagiosa y de recorrido incierto y a reconocer que todos los sacrificios de las medidas aplicadas junto a los planes de rescate fueron hechos en vano, dejando a un socio abandonado en una barquichuela a merced de la tempestad y encima cargando sobre sus hombros la marca de la culpa. Vista la pendiente descendente en la que nos encontramos, evitar que esto suceda no es sólo cuestión de justicia sino de defensa propia, en una Europa  siempre capaz de resucitar a sus propios demonios.

Publicado en Fusín Asturias, junio de 2012.

Etiquetas: , , , , , ,

22.1.12

GRANDES PALABRAS CUYO SENTIDO SE VACÍA

Hace apenas unos años era inimaginable que los responsables de los gobiernos europeos se viesen movidos a celebrar cada poco tiempo reuniones urgentes e ininterrumpidas –casi sesiones permanentes- con la perentoria necesidad de llegar a acuerdos de calado durante el fin de semana, antes de que los mercados de deuda pública y de valores retomasen las transacciones al lunes siguiente. Ahora ya nos hemos acostumbrado a la penosa repetición de encuentros del Consejo Europeo que se anuncian como el partido del siglo, previo aquelarre mediático que sitúa en el filo a la Unión y a sus ciudadanos en la estupefacción que provocan tantas dosis de dramatismo.

Nadie duda de la gravedad de la situación económica y seguramente es inevitable combinar la parafernalia institucional comunitaria -con su enésima foto de familia incluida- con la respuesta a los problemas impostergables, aunque se pueblen de ojeras los rostros de los mandatarios. Pero me permito dudar si no hay un punto de teatralidad y desasosiego evitable, que contribuye a poner las cosas más difíciles y a convertir a los europeos en espectadores divididos a partes iguales entre la incredulidad y la fatiga. Tampoco vamos a pedir que sigan el ejemplo del flemático Churchill, capaz de dormir la siesta bajo los bombardeos mientras afrontaba los días más difíciles de la II Guerra Mundial –y de ganarla, claro-, pero parece evidente que una mayor dosis de serenidad y compostura les falta a la mayoría.

Vivimos tiempos propicios para la cultura política y mediática de lo instantáneo y de la exageración. Tanto que ya no nos impresiona que, por poner dos ejemplos provenientes de la muy calmada Alemania, el Comisario Europeo de la Energía, de nombre Günter Öttinger, hable de “Apocalipsis” para referirse a la crisis subsiguiente al accidente nuclear de Fukushima o que Angela Merkel anuncie que Europa soporta su momento más crítico en los últimos 60 años. En el caso del Comisario, si la palabra se utiliza seriamente para otros cometidos habrá que preguntarse cómo referirse entonces al “verdadero” Apocalipsis, por ejemplo al desprovisto de efectismo pero enormemente turbador que nos muestra Lars von Trier en Melancholia. ¿Cree Öttinger que no somos capaces de advertir la gravedad de lo ocurrido en la central nuclear japonesa y de los peligros de la energía nuclear si no emplea términos más ponderados? En el caso de la todopoderosa canciller, sus calificativos superlativos vienen acompañados de otras muchas sentencias de similar carácter procedente de otras fuentes. La pérdida del impacto que tal afirmación debería tener proviene, indudablemente, de la repetición: en estos meses recientes nos lo dicen casi a diario. Sin embargo nuestro sentido común –que quizá yerre-, no deja de recordarnos que circunstancias aparentemente más graves han ocurrido en ese periodo que Merkel toma de referencia ¿Es más crucial esta etapa que los días de la construcción del Muro de Berlín? ¿Qué los meses previos y posteriores a su caída? ¿Que los momentos en que Europa era tablero de la Guerra Fría o muchos de sus países se veían envueltos en absurdas guerras coloniales? ¿Más grave que la crisis de la IV República Francesa en 1958? ¿Que la etapa en el que el terrorismo político golpeaba en la República Federal Alemana o en Italia, con el cuerpo de Aldo Moro hallado en el maletero de un coche? ¿Que la época en la buena parte de la Europa Mediterránea, España incluida, soportaba dictaduras militares o regímenes autoritarios?

¿No será que la escalada de tensiones azuzada por el zarandeo mediático mueve a perder la mesura en las valoraciones que hacemos, conduciéndonos a la simplificación y al sensacionalismo? Si es así, esa actitud sólo contribuye irremediablemente a empeorar las cosas y, peor aún, a las profecías autocumplidas.

Publicado en Fusión Asturias, enero de 2012.

Etiquetas: , , , , ,

2.8.11

ESPIRAL DE SOMBRÍO DESTINO

Entre las múltiples cuestiones a revisar a resultas de la actual crisis económica, algunos procedimientos, lugares comunes y verdades categóricas que damos por sentadas merecerían un repaso. La impresión de que los fallos de método son sustanciales se acrecienta a cada frecuente llamamiento de alerta por parte de las instituciones de la Unión Europea, con sus consabidas reuniones de urgencia, encuentros bilaterales en el filo y carreras nerviosas –antes inusitadas- por los pasillos de la Comisión o del Banco Central.
Por ejemplo, no parece tener mucho sentido que la decisión de un país, ante las dificultades en su estabilidad financiera, de recurrir al préstamo por parte de sus socios comunitarios, se le otorgue, en afirmaciones, gestos y representaciones apocalípticas, una categoría similar a la de declaración de zona catastrófica, aparejada a una suerte de rendición incondicional de la dirigencia y acompañada de variopintos actos de contrición que tienen un significativo impacto, incluso emocional, sobre la población afectada. Como estamos viendo en el caso de Grecia y se vislumbra en el de Irlanda y Portugal, la forma en que se gestan, aprueban y formulan esta clase de decisiones, acompañadas de ajustes draconianos que perpetúan las dificultades de recuperación, expande la sensación de ineptitud y sometimiento colectivo, provocando una oleada de zozobra que impacta en las decisiones particulares de consumo e inversión, no sólo en el país afectado. La onda expansiva es de efectos desconocidos, porque acrecienta en el resto la sensación de encontrarse bajo el riesgo de infección, inmersos en la incierta escalada de los sucesivos rescates o las amenazas de que éstos se ciernan sobre países a los que se les conmina a pasar por las horcas caudinas de los planes de ajuste y de descapitalización del Estado.
A la vez que la dinámica de los rescates requiere un replanteamiento (empezando por cambiarles el nombre que les otorgamos), tampoco estaría mal analizar, recuperando el sentido de la actuación de los poderes públicos, la adopción de medidas que hasta la fecha parecen ajenas a cualquier agenda política comunitaria. Cabe preguntarse si calibrar la fiabilidad de los títulos de deuda pública de los Estados de la Eurozona por comparación con los de Alemania, con la consabida invocación de la prima de riesgo (el diferencial en el interés que se paga respecto al del bono germano a 10 años), no podría ser sustituida por otro criterio más equilibrado, porque, precisamente, la alentada huida del gestor de inversiones a los títulos considerados seguros retroalimenta inmediatamente esta tendencia a agrandar las diferencias en la percepción de su seguridad (el título alemán podrá ofrecer un interés menor y el de otros países tendrá que elevar la rentabilidad que proponen al comprador). Por no hablar de la común asunción -hasta ahora incuestionable y que va siendo hora de trastocar- sobre la posibilidad de negociar y revender ilimitadamente títulos de deuda en el mercado secundario, o de admitir que sobre estos se superpongan productos financieros sustentados en los seguros por riesgo de impago de la deuda (los famosos Credit Default Swaps, ya viejos conocidos por su incidencia en la crisis financiera derivada de la inmobiliaria) cuyo volumen y fluctuaciones están fuera de control, impactando sobre las cantidades a comprometer por el Estado en las emisiones de títulos de deuda.
Los defectos del entorno institucional, la desregularización financiera y la incapacidad para tomar decisiones que atajen los fallos del sistema económico nos están dejando desnudos y a tiro de la impiadosa especulación. Y, de momento, la mayor parte de las decisiones van encaminadas a alimentar la espiral, al aceptar sin reservas las reglas de un juego perverso en el que los Estados y sus ciudadanos tienen las de perder.




Publicado en Oviedo Diario, 23 de julio de 2011.

Etiquetas: , , , ,