Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

17.5.12

EMIGRANTES DE NUEVO



En las últimas semanas Asturias ha acogido la muy recomendable exposición “La colonia”, sobre los inmigrantes españoles en Nueva York en la primera mitad del siglo XX, comisariada por el norteamericano James Fernández, él mismo descendientes de asturianos. Esta iniciativa, como otras relativas a nuestro pasado emigratorio, nos recuerda con acierto todos los relatos de esfuerzo, superación y combate contra la adversidad que jalonan el periplo de tantos y tantos de nuestros antepasados no tan remotos, subrayando además la importancia económica, política y cultural de este fenómeno en la histórica reciente. Es revelador de la magnitud de la corriente migratoria el dato de que entre 1880 y 1930, con el viejo imperio descompuesto y en vías de extinción, el número de españoles que cruzaron el Atlántico para iniciar una nueva vida en las Américas superó el de los que hicieron ese mismo viaje desde los inicios de la conquista. Una evidencia más que corrobora que la huella de la emigración es parte indispensable de nuestra historia y además nos une intensamente a los países de acogida. Quién más quién menos, en Asturias, tiene vivas muestras en los álbumes, recuerdos y relatos familiares porque nuestro recorrido tiene también que ver, con una fuerte intensidad, con el de los asturianos del exterior y sus descendientes.
Hoy, con la crisis económica, la falta de oportunidades e incluso las dificultades para ganarse la vida ante las que muchos trabajadores españoles se enfrentan, renace la emigración como alternativa vital entre una parte importante de la población. Retomamos el que durante muchas décadas de nuestra historia reciente fue un camino recorrido por otros muchos. Pero, aunque algunas decisiones siguen siendo difíciles, las cosas han cambiado sustancialmente, convirtiendo la búsqueda de un mejor destino laboral no en el drama y el desgarro que representaba a principios del siglo pasado o –aunque en menor medida- en los años 60, sino en una forma aparentemente atractiva de abrirse paso, con un camino de regreso que en principio se muestra abierto y, sobre todo, sin la amargura que, en aquéllos tiempos que ya parecen tan lejanos, representaban los impedimentos al retorno y al contacto con las raíces familiares.
Naturalmente, cuando el flujo migratorio en un país cambia de dirección y la tendencia de los últimos 20 años se revierte, con  una salida mayor de nacionales que la entrada de extranjeros, la modificación de fondo que delata es de proporciones significativas, Con la sacudida de la crisis ya no son sólo profesionales altamente cualificados o jóvenes con ganas de nuevos horizontes los que optan por cambiar de aires. Cada día la búsqueda de salidas con las que romper la dinámica del desempleo o la precariedad se convierte en una elección razonable para otras personas que hasta hace poco no contemplaban la emigración como respuesta a sus inquietudes.
Así las cosas, muchos españoles comienzan a advertir en primera persona la desagradable sorpresa de que, contrariamente a la convicción que el estatus arrogado nos confería, no es precisamente fácil que otros Estados, sobre todo fuera de la Unión Europea, permitan la residencia y otorguen la autorización para trabajar siguiendo una lógica similar –a veces igual de descarnada- que la de nuestra propia normativa de extranjería. De forma incipiente, las dudas y consultas sobre los trámites asociados al proceso emigratorio y concernientes a los derechos de los españoles en el extranjero comienzan a cobrar fuerza e interés, porque en otros países algunos descubren la incómoda  sensación de tener que reclamar activamente el derecho a trabajar y vivir fuera de nuestras fronteras.



Publicado en Fusión Asturias, mayo de 2012.

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15.4.12

TEMIDO NUEVO ORDEN

Durante años la izquierda europea y latinoamericana ha crecido cultivando una profunda desconfianza hacia la política exterior norteamericana, y sus argumentos cabales tenía para este recelo. Las decisiones de los gobernantes de EEUU y la posición de los intereses que los sostenían han tenido durante muchas décadas, especialmente en los tiempos de la Guerra Fría, consecuencias perniciosas para el desarrollo socioeconómico de países situados bajo su directa influencia, en ocasiones obligados a soportar un estatus subalterno y a sobrevivir a gobernantes tutelados o impuestos desde los centros de poder de la superpotencia. Aunque tuviese una vocación defensiva frente al avance de alternativas hostiles, el movimiento de piezas en el tablero durante los años previos al derrumbe del bloque soviético significó apoyar golpes de Estado, sostener dictaduras aberrantes, sofocar las veleidades democráticas o, en el mejor de los casos, mirar hacia otro lado ante aliados poco presentables. Por eso es tan distinta la visión que de la participación en la OTAN, de la presencia militar norteamericana o de la retórica de guardián de la libertad se ha tenido hasta hace poco en diferentes países, según la historia de sus relaciones con EEUU. Así, mientras en Chile o Guatemala, por poner dos notables ejemplos, tal evocación iba indisociablemente ligada a los golpes militares frente a Allende y Arbenz, y en España era inevitable pensar en el rescate del Franquismo ante los ojos del mundo protagonizado por Eisenhower, en los países de Europa Oriental que recuperaron su plena independencia a partir de 1989 es otra –mucho más positiva- la mirada sobre el papel norteamericano.

Los tiempos que vivimos son muy diferentes porque el periodo de total hegemonía de las dos últimas décadas va dando paso, y no por decisión propia de la potencia hasta ahora predominante, a un mundo multipolar en el que otros países ganan pujanza y limitan a su vez la de EEUU. Sobre el papel es un escenario deseado, más proporcionado y coherente con la legítima función que, por población, territorio o dinamismo económico, las nuevas potencias están llamadas a desempeñar en el concierto internacional. La adaptación pendiente de las organizaciones internacionales nacidas tras la II Guerra Mundial –empezando por la propia Naciones Unidas mientras el Consejo de Seguridad no se reforme- o la crisis de algunas conferencias de líderes –el G-8 venido a menos- es buena prueba de este irreversible movimiento de fondo.

Pero de la bienintencionada teoría de que el florecimiento de otras potencias traería mesura, cooperación y respeto a la legalidad internacional, a las amargas realidades de nuestro tiempo, media la cruda constatación del papel que alguno de los poderes emergentes se encarga de ejecutar. Como nos recuerda el sistema dictatorial chino, la democracia controlada y de baja calidad rusa, o la escalada en la depredación de recursos naturales auspiciada o al menos asumida como inevitable en India, Brasil o Indonesia, que otros países vayan a estar en condiciones de relevar en el liderazgo internacional a las ajadas democracias occidentales -cuya cuidada hipocresía ya nos resulta tan familiar- no necesariamente significará garantía de armonía, progreso y estabilidad.

No obstante, dado que el irremediable proceso de cambio está aún en curso, la comunidad internacional y, sobre todo, la naciente sociedad civil transnacional todavía está a tiempo de reivindicar una gobernanza global basada en valores de progreso colectivo, evitando la sustitución de una hegemonía nociva por otras que quizá no vayan a resultar mucho mejores. Por el contrario, si el reequilibrio mundial y el ascenso de los nuevos países se tiene que hacer a costa de despreciar cualquier restricción medioambiental, competir con condiciones de trabajo paupérrimas, fomentar el autoritarismo y el nacionalismo exacerbado, reprimir ferozmente a la disidencia interna, sostener regímenes abyectos de países bajo su órbita, admitir la inacción ante crisis humanitarias monstruosas, alentar la carrera armamentística, excitar conflictos regionales sobre los que ejercer de árbitro o reverdecer ensoñaciones expansionistas de origen histórico difuso, quizá llegue un día en que acabemos echando de menos los tiempos de heroica denuncia del viejo conocido “imperialismo yanqui”.


Publicado en Fusión Asturias, abril de 2012.

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