Blog de artículos publicados en medios de comunicación.

12.2.12

MIRADA TORVA

La aportación más conocida del Estado de Bután a la teoría política y la macroeconomía es el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB), como indicador y directriz de las políticas públicas desarrolladas en el pequeño reino del Himalaya. El planteamiento se resume, básicamente, en concebir la realización individual de los ciudadanos y el avance colectivo como pueblo no sólo en términos estrictamente materiales y cuantitativos, sujetos a baremos con los que ya estamos comúnmente familiarizados (renta per cápita, producto interior bruto, etc.), sino poniendo mayor énfasis en otros valores de difícil o imposible determinación numérica, pero que son intuitivamente identificables y generalmente compartidos como fuente de satisfacción: la tranquilidad, el bagaje cultural, la armonía con el entorno, el disfrute de un ambiente sano y pacífico, etc. La originalidad de la FNB, que la hace atractiva a nuestros cansados ojos occidentales, es su raíz filosófica, que va más allá de conceptos ya amplios pero quizá insuficientes, como el Índice de Desarrollo Humano, que es el que maneja el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y que toma en cuenta parámetros como la salud o la educación. La FNB como causa nacional viene a ser, por otra parte, una versión orientalizada del anhelo ilustrado que en nuestra Constitución de Cádiz se reflejaba en su bienintencionado artículo 13, aquel que decía que “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los ciudadanos que la componen”. El reverso de la innovación butanesa, por otra parte, es que la noción de FNB fue acuñada como forma de diferenciarse (¿y justificarse?) en tiempos recientes en los que su sistema político no dejaba de ser el propio de una monarquía absoluta medieval, hoy en afortunado proceso de democratización; y que, por muy amplia que sea la concepción de evolución social que se establezca y por mucho que la descripción de lo que entendemos por progreso pretenda elevarse sobre lo estrictamente material, éste aspecto pesa inevitablemente, sobre todo cuando las estrecheces se convierten en fuertes impedimentos para alcanzar esa deseada dicha.

Me temo que en España será difícil sustituir la carrera por la supervivencia económica en la que estamos metidos por aspiraciones más trascendentales, sobre todo porque ya antes de esta crisis que se nos hace eterna estábamos metidos hasta las cachas en la trampa de un sistema que, a poco que nos dejemos llevar, nos convierte en sujetos unidemensionales, a veces apenas productores y consumidores. Claro que no resulta ajena a nuestra reflexión ninguna disquisición sobre la felicidad y que entre los ciudadanos ordinarios quien más quien menos se ha planteado alguna vez cambiar radicalmente de objetivos vitales, trastocando los inducidos que hasta entonces damos por asumidos. Pero la inercia que nos empuja por el cauce establecido no se vence fácilmente.

El acontecimiento trascendental de nuestro tiempo es que esa corriente más o menos apacible en la que acríticamente flotábamos se ha convertido rápidamente en un torrente de aguas bravas y gélidas. En los últimos años millones de personas, en España y en los países de nuestro entorno, despiertan abruptamente a una realidad en la que predominan la incertidumbre y la precariedad y en la que las ensoñaciones de riqueza material, estabilidad y seguridad se están esfumando en un chasquido de dedos, al tiempo que las limitadas –en todos los sentidos- aspiraciones de las llamadas clases medias se convierten en amargos y monstruosos desengaños. La decepción consiguiente y la sensación de fracaso es enorme, pero de ella aún no ha surgido un cuestionamiento radical del modo en que organizamos nuestra economía, política y sociedad. Por el momento, la consecuencia del desencanto masivo se limita a la extendida y desagradable mezcla de queja improductiva y superficial, la irritación cada vez más desesperada y la mala leche terriblemente contagiosa que predomina en un ambiente cada vez más tormentoso.

Publicado en Fusión Asturias, febrero de 2012.

Etiquetas: , , , , , ,

12.10.11

EL SUICIDIO DE LA CLASE MEDIA

Es un lugar común la teoría de que la existencia de una clase media sólida y numerosa contribuye a la estabilidad social y a la moderación política. La frase, tan del gusto conservador y habitualmente repetida, no deja de ser una verdad a medias, empezando por la utilización de un término ambiguo como el de “clase media”, basado sólo en la capacidad de disponer de cierto nivel de renta o riqueza –sin escrutar su origen- y categoría en el que casi todos se encuadran a sí mismos, unos pocos por falsa modestia y otros muchos para no considerarse –por contraposición, dadas las connotaciones- clase baja. Además, conviene constatar que no siempre las posiciones del sector al que así se etiqueta tienden a la centralidad y que, por otra parte, la supuesta reticencia a los cambios intensos no es necesariamente positiva en toda circunstancia.
No obstante, si concedemos una parte de razón a la premisa que atribuye a la llamada clase media una particular prudencia y a su predominancia un efecto vertebrador, algunas de las tendencias sociales ascendentes en los últimos tiempos y que se reflejan en las posiciones políticas mayoritarias en su seno merecerían un análisis profundo sobre su origen y sobre el contraproducente efecto que tienen para muchas de las personas encuadradas en este sector. Ya antes de estos años de crisis económica muchos de los que cuentan o contaban con un trabajo y cuyas aspiraciones se alineaban con la aurea mediocritas del bienestar material medio, ni siquiera podían alcanzarlo o mantenerse en él sin acudir al letal sobreendeudamiento. Más aún, como resultado de la precariedad laboral y del incremento del coste de algunos bienes y servicios primordiales, algunas personas se encontraban con riesgos económicos y sociales serios incluso teniendo trabajo, además de hallarse con la frustración de sentir bien lejos El Dorado del deseado hiperconsumismo. Ni qué decir tiene que la crisis económica en curso ha agravado esta dinámica, primero porque son muchos menos los que tienen un empleo; segundo, porque muchos de los que lo tienen ven ahora como un objetivo razonable el mileurismo antes denostado; y tercero, porque, pese a alguna reflexión aislada sobre los artificios del materialismo, inevitablemente el patrón que sigue imperando es el que equipara la realización humana con el sueño de tener casa, coche y toda suerte de gadgets tecnológicos
.

Así las cosas, es curioso que una parte muy significativa de las clases medias, arrastradas por las corrientes dominantes, se estén dejando convencer de que no va con ellas la defensa de los servicios públicos, la reclamación de una fiscalidad progresiva o la existencia de poderes estatales con alguna posibilidad de intervención sustancial en la realidad económica. Mientras muchas personas que se consideran en el estrato medio de la sociedad empiezan a tener dificultades graves para mantener su actual nivel, a la vez saludan los planteamientos en boga dirigidos a arrinconar lo público y a sacar de toda agenda política asuntos elementales como la redistribución de la riqueza. Como si contar con un sistema educativo, sanitario y de servicios sociales con un estándar de calidad solvente y que no queden arrinconados a un papel subsidiario (reservado para quien no pueda proveerse de estos bienes en el mercado) no resultase de interés capital para la clase media llamada a beneficiarse de ellos. Como si fuese inocuo para sus bolsillos y para sus proyectos vitales tender a un futuro en el que garantizar la formación, la salud o la protección exija multiplicar gastos que en muchos casos esos mismos ciudadanos con un nivel económico medio no podrán sufragar. Como si tragarse una doctrina contraria a una fiscalidad más justa (véanse algunas reacciones recientes a la recuperación práctica del Impuesto sobre el Patrimonio) no significase a la larga un perjuicio para su propia posición, si el sistema tributario sigue cargando las espaldas en las rentas del trabajo y en los impuestos indirectos.

Estos tiempos de crisis nos deparan numerosas paradojas que no son precisamente inocentes casualidades. Porque en toda crisis, con su correlato político, hay ganadores y perdedores. Y en ocasiones estos últimos ponen las cosas más fáciles para resultar damnificados.


Etiquetas: , , , ,