DE PUÑOS Y SÍMBOLOS

Lo primero que hay que recordar es que la Fiesta Minera Asturleonesa de Rodiezmo, que tiene ya una importante tradición y ha adquirido una notoria relevancia pública, no la organiza ni el Gobierno ni el PSOE, sino el sindicato UGT a través de su federación minera. Es un acto de defensa de un sector –la minería del carbón- y un territorio –las comarcas mineras de Asturias y León-, pero también es un evento de reivindicación sindical e ideológica, que pretende entroncar con la trayectoria histórica de lucha por los derechos de todos los trabajadores, combate que siempre requirió demostrar fuerza y tenacidad y que no se hizo –ni se hará- sólo con beatíficas apelaciones. En ese contexto, no debe extrañar la utilización de los símbolos tradicionales de los movimientos de los trabajadores, y no tiene que sorprender que se empleen con carácter conmemorativo y para recordar los ideales más elementales de los que se nutre la izquierda desde los albores del movimiento obrero: la igualdad y la solidaridad entre los trabajadores. Por otra parte, aunque se pretenda distorsionar la asistencia del Presidente, pintándolo como un radical ultraizquierdista por participar en este tipo de actos, se trata sólo de una caricatura interesada por los críticos, puesto que, como es sabido, no es la UGT un sindicato antisistema ni el PSOE un partido extremista; ambas son organizaciones de orientación socialdemócrata que han evolucionado con la sociedad –por eso tienen una elevada representatividad-, que han adaptado las respuestas sindicales y políticas, respectivamente, a las realidades con las que han tenido que bregar, sin renunciar a su historia (sin santificarla tampoco, admitiendo, en perspectiva, los errores) y tratando de hacer prevalecer legítima y democráticamente sus postulados en el debate de ideas y estrategias.
Personalmente, creo que, aunque a veces se abuse de los símbolos, y aunque no sea muy partidario de recrearse en éllos más de lo necesario, los emblemas juegan aún un papel del que no hay que desprenderse a las primeras de cambio. Además, no es equiparable la antigüedad de un símbolo con su supuesta inutilidad o la pérdida de su valor. Y en modo alguno me parecen tolerables las comparaciones hechas por los dirigentes del PP –esos que utilizan la palabra “sindicalista” como insulto-, entre los símbolos de la lucha obrera y los del fascismo. Por cierto que, si de hacer comparaciones se trata, prefiero que el Presidente abra el curso político en un acto sindical de discursos, fraternidad y tortilla de patata, que en una cena con VIPs demasiado aficionados a los bolsos de Vuitton y los trajes a medida.
Puedo entender que a los menos versados en el análisis político e histórico les llame la atención la utilización, en algunas circunstancias, de determinados símbolos. La inalterabilidad de éstos a veces permite cuestionarlos, pero esto no sólo sucede con himnos o gestos partidarios. Por poner un ejemplo palmario, La Marsellesa, que, más allá de su componente nacional, a no pocos evoca la pasión de quien se libera del yugo (y que dio pie a momentos cinematográficos inolvidables como su canto en el Rick´s Café de Casablanca), incluye entre sus estrofas llamamientos a que corra la sangre impura de los enemigos, inflamando al personal para la milicia. Así que, al igual que en París sustituyeron la guillotina por el obelisco egipcio y llamaron al cadalso Plaza de la Concordia, que no se asuste la CEOE, ni Rajoy, ni su primo escéptico porque en Rodiezmo se cante a favor de hundir el imperio burgués.

