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13.3.06

BILBAO

Nada tranquiliza en Bilbao, donde no cabe la neutralidad ni el descanso. Ni siquiera los pretendidos oasis de líneas rectas, junto a la Ría, inquietan lo más mínimo al desorden intrínseco que es el alma de la ciudad. Es dura, abigarrada, tímida, está llena de cicatrices de la historia industrial que marca tantas ciudades del norte. No deja ni un palmo de suelo sin se?ales de vida, sin pistas de que allá viven hombres que son sacos de dudas, ocultas tras un pétreo tono de voz y la mirada de quien ha de sentirse fuerte, incluso rudo, para superar las trampas de una ciudad llena de ellas.
Todo es mezcla y adorada impureza en la humana Bilbao. Ha roto hace tiempo todas las cápsulas de la identidad. El mestizaje es la bendita ense?a y cientos de miradas atestiguan que poco se parecen unas a otras. Incluso ha creado un estilo propio en el barrio chino o la podrida y bohemia calle Miribillas, que bien podría denominarse el euskoca?í, un almodovariano sesgo para esta simbiosis de voluntades: la de quién busca infructuosa e irreflexivamente raíces, la de quién las ha encontrado en una pretendida modernidad, y la de quién ya no se molesta en rastrear su pasado y sus designios.
Bilbao cambia con los tiempos, con las revoluciones, y mira poco hacia atrás, no permite que los recuerdos llenen sus calles de resquicios de lo que fue. Ahora el paradigma, incluso la obsesión, es el progreso y hasta el olvido. El Euskalduna, el Guggenheim, el metro, el tranvía, el ensanche, son intentos que, con más convicción que éxito, quisieron meter en vereda a la ciudad y ense?arle nuevos caminos. Sin embargo, nada puede romper la inarmónica y desconcertante acumulación de saliva, humo y acero que lleva la ciudad en sus venas.
Versión en castellano. Publicado en Les Noticies el 16 de enero de 2004.