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6.8.10

¿EL FÚTBOL COMO MEDIDA?

Estos días hemos tenido a la selección española de fútbol hasta en la sopa. Imposible no verles aburrirse en el vuelo de regreso, pasear interminablemente la copa por Madrid, protagonizar tonterías variadas ante las cámaras en las celebraciones o recibir homenajes de lo más variopinto, desde el pueblecito de origen hasta el Palacio de la Zarzuela. Bastaba encender la televisión, abrir un periódico o visitar la web del proveedor de correo electrónico para, inevitablemente, conocer el penúltimo festejo de conmemoración de la victoria mundialista y los avatares de todos y cada uno de los jugadores. Todo ello acompañado del espectáculo publicitario que les rodea, propio de este tiempo en que todo –sea noble o prosaico- se convierte en objeto de consumo y, por lo tanto, en fuente de rentabilidad.
Aunque me ha saturado el interminable agasajo y el terriblemente exhaustivo seguimiento previo a la final –ya quería uno que pasase cuanto antes- y durante los días posteriores, habría que ser de piedra para no compartir la alegría colectiva y para no emocionarse con algunos momentos: el éxtasis de la masa tras el gol de Iniesta, la dicha más sincera de los familiares de los jugadores, la satisfacción contenida del entrenador sólo desbordada cuando su hijo alzaba la copa entre los campeones, etc. También ha habido algunos momentos ciertamente graciosos a lo largo del torneo, de los que se lleva la palma la sorpresa de Puyol cuando, en el momento más inapropiado, apareció la Reina en el vestuario para felicitarles tras la semifinal.
La parte menos divertida, sin duda, corresponde a las interpretaciones políticas, pretendidamente profundas, asociadas a la victoria y, por lo general, interesadas. Acudiendo al sol que más calienta, algunos han extraído conclusiones cuando menos precipitadas sobre la renovación y naturaleza del sentimiento de españolidad, sin detenerse en la superficialidad inherente a la celebración deportiva, característica en la que, afortunadamente, reside su inocuidad y su, por así llamarla, función social. Por otra parte, los que quieren contraponer la exhibición de banderas nacionales frente a los distintivos autonómicos animan una pugna de símbolos que no lleva a ninguna parte, cuando, precisamente, de lo que se trata es de aprender a compartir pertenencias identitarias -relativizándolas en cierto modo- y no de arrojarse emblemas zafiamente a la mínima de cambio. A esto no ayuda, dicho sea de paso, que entre la marea de imágenes se hayan colado un puñado de consignas recalcitrantes, esporádicas banderas con el aguilucho incluidas, aunque efectivamente hay que apuntarlo en el anecdotario y no darle mayor importancia, a sabiendas del habitual oportunismo de los ultras –que no dejan de ser unos pocos- entre estos fenómenos de masas.
Tampoco me parecen especialmente brillantes las comparaciones, algunas sostenidas fervorosamente, sobre las potencialidades de un país en la comparación con sus éxitos deportivos. Creo que es incluso peligroso, primero porque fiamos casi al azar nuestro autoestima si lo hacemos depender de que el jugador enchufe el remate o de que nos vayamos en la primera fase; y, segundo, porque conviene adoptar ciertas precauciones de inicio, ya que desde que el deporte es un espectáculo de gran alcance no han sido pocos los intentos de exhibir éxitos y modelos deportivos como paradigma de valores que resultaron ser pura apariencia o, en el peor de los casos, escaparate propagandístico de planteamientos o sistemas aberrantes (a los regímenes totalitarios, por ejemplo, siempre les ha encantado exponer conquistas deportivas como prueba “científica” de su superioridad). Por fortuna, como país estamos bastante lejos de esta perniciosa dinámica, y, en cuanto a la tentación de tomar el éxito deportivo como patrón principal de progreso colectivo, cuando pase la resaca se analizarán las cosas con mejor sentido, espero. Quizá entonces, lejos de apreciar los triunfos de nuestra selección como canon de medida de lo que somos o queremos ser, prestemos más atención a otros criterios realmente definitorios.


Publicado en Oviedo Diario, 17 de julio de 2010.

2 Comments:

Blogger BELÉN BLEDA said...

Hola Gonzalo,

Disculpa mi atrevimiento, asistí al curso organizado por la Universidad de Cantabria el mes pasado en Reocín.

Hace unos días leyendo el diario en internet (concretamente una noticia referida a "la sentencia" del Tribunal Constitucional), recordé tu nombre y apellidos (...te referiste a nuestra ciudad por tu apellido Olmos...), y dejando a un lado la lectura, rápidamente encontré tu blog.

Quería saludarte, decir que ha sido todo un placer coincidir en el citado curso y cruzar aunque cortas, algunas palabras.

Belén Bleda Megías

10:25

 
Anonymous Gonzalo Olmos said...

También me alegro de saludarte. Fueron días agradables los de Reocín, no sólo por la calidad del curso, sino también por la tranquilidad de las tardes.

Quizá en el futuro tengamos ocasión de coincidir en alguna actividad similar. Por supuesto, si os acercáis por Asturias os invito a tomar unas sidras por la Plaza del Fontán.

12:46

 

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