ADIÓS AL ÚLTIMO POETA DE MUCHEDUMBRES
El viejo Benedetti no siempre fue el irónico, escéptico e idolatrado poeta de los últimos años, el que reconocía que “la madurez / llega / con su relámpago / de sabiduría / cuando uno / ya no tiene / donde caerse / sabio”. Antes fue el poeta de la oficina que aportaba gramos de lírica a lo cotidiano y abría en canal nuestras miserias escondidas; el ensayista retador que da la voz de alarma en El país de la cola de paja; el contador de cuentos Montevideanos; el novelista que describe las fugaces ilusiones en La tregua; el dramaturgo que mira frente a frente a la brutalidad del poder en Pedro y el Capitán; el periodista que pone su palabra al servicio activo del compromiso en la redacción del semanario Marcha.
Muchas más cosas fue Benedetti. Jamás escondió su vocación militante y su afán de utilizar la literatura como palanca de cambio en tiempos convulsos. Fue cofundador del Movimiento “26 de marzo” que se integró en el Frente Amplio, sempiterno partido opositor de izquierdas en el Uruguay de blancos y colorados, hasta fechas recientes (en 2004 el candidato de centro-izquierda Tabaré Vázquez ganó al fin la elección presidencial). El activismo político fue para Benedetti una vocación constante y una necesidad vital: “no obstante descubrimos que la militancia / esa palabra tantas veces desfondada por la leyenda y los discursos / era algo tan normal como el estado civil / y tan colectivo como el tiranos temblad / que la militancia ese alfabeto de tradiciones / era sin embargo tan poco tradicional como el amor”. Se jugó el tipo, vio caer encarcelados o desaparecidos a amigos y compañeros a manos de la dictadura, descubrió el viento del exilio, las incomprensiones del desexilio y las heridas jamás cicatrizadas que la entrega personal causa en uno mismo y en su entorno, magistralmente descritas en Primavera con una esquina rota. Combatió la neutralidad en la política y en las letras, aún a despecho de los biempensantes ajenos a las pasiones que nacen de la lucha por la conquista de mundos mejores. Dijo las cosas por su nombre, haciendo de la memoria y la justicia patrones de su acción y su poética, aún con crudeza cuando las circunstancias de su tiempo lo exigían: “un torturador no se redime suicidándose / pero algo es algo”.
Fue sobre todo, no sólo en lo político, el último poeta de muchedumbres, leído con goce, profundamente querido, leal con sus lectores y congraciado con el público. Miles de adolescentes de habla hispana escribieron en su carpeta colegial sus versos. Muchos tomaron prestado para lides de conquista su alianza de compromiso político y amor de “si te quiero es porque sos / mi amor, mi cómplice y todo. / Y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos”. Sus versos fueron musicados, cantados y esparcidos por Nacha Guevara o Joan Manuel Serrat. Mezcló sus palabras con las de Daniel Viglietti para su memorable A dos voces, abriendo la puerta a la popularización de la suma de verso y música que con éxito otros siguieron. Recitó en escenarios, en salones de actos, en cafés, en la calle y en los mítines; donde hiciera falta y la disnea lo permitiese.
No dejó Benedetti que los desengaños políticos o la constatación de vivir en un mundo salvaje y duro le arrancase el deseo de vivir intensamente, aunque el tiempo que tengamos sea ese paréntesis, esa prórroga a la que a veces a duras penas se le encuentra sentido. Defendió la alegría “de la miseria y los miserables / de las ausencias transitorias / y las definitivas”. Nos toca a sus lectores hacer lo propio, en su recuerdo.



