JARDINEROS DE GUERRILLA
Efectivamente, la jardinería de guerrilla es un símbolo en un Oviedo acostumbrado durante años a una posición pasiva de la ciudadanía ante su entorno más cercano, esperando sin piar que otros hagan o dejen de hacer. Claro que es el Ayuntamiento, a través de sus diferentes servicios, quien tiene la obligación de conservar y mejorar los espacios públicos y todos los bienes comunes, incluyendo, como no, los parques y jardines. Y, por, supuesto, al Ayuntamiento compete tutelar los bienes de dominio público, protegiéndolos de actuaciones que los perjudican, deterioran y deslucen, tarea para la que tiene además importantes facultades administrativas, incluso sancionadoras. Pero eso no significa que los usuarios de esos bienes no tengamos derecho a participar activamente en la elección de las prioridades, en el diseño de los equipamientos y espacios públicos, en las iniciativas para su mejora y conservación, e incluso podamos tener una relación más estrecha con aquellos espacios que son de todos, para sentirlos realmente como propios.
En una sociedad democrática en la que los vecinos tienen un cierto sentido crítico, la participación ciudadana en el ámbito local tiene la innegable ventaja de la cercanía, porque son los residentes de una calle o un barrio quienes más apego tienen a su entorno directo, quienes mejor conocen los problemas cotidianos, y quienes pueden sugerir alternativas y propuestas de interés que no se deben menospreciar. En lo más pequeño y, en cierto modo, simple, encontramos muchos ejemplos: que los padres y madres que llevan al crío al parque hagan sus sugerencias sobre los juegos infantiles y zonas de esparcimiento; que las personas con discapacidad ayuden a realizar un inventario de puntos negros sobre accesibilidad; que los jóvenes diseñen la estructura y distribución de espacios de los centros juveniles; que al idear una reforma urbana se recojan opiniones de los vecinos antes que dejar fluir algunas ocurrencias personalísimas del responsable público de turno; o que los artistas callejeros puedan tener su espacio –al menos tolerado- en el paisaje urbano. En la escala más amplia, la proyección tiene un alcance mayor, pero perfectamente posible: presupuestos participativos, medios informativos abiertos a los ciudadanos, consejos de distrito, consejos sectoriales, derecho de audiencia garantizado, consultas y encuestas ciudadanas, turno de ruegos y preguntas populares en los órganos municipales, etc.
Todo depende, en definitiva, de la actitud de representantes públicos y ciudadanos. Los primeros deben saber apreciar las importantes posibilidades de progreso común que ofrece la aplicación de un modelo de democracia participativa, que enriquece el debate público y permite tomar mejor las decisiones. Los segundos, deben ser conscientes de que el compromiso con lo público no sólo significa interesarse cada cuatro años por el discurrir de las cosas antes de acudir a las urnas. Precisamente, cuando la ciudadanía toma conciencia y es capaz de dar cauce adecuado y continuado a sus inquietudes, es cuando deja muy claras algunas cosas a las estructuras de poder. En lo que aquí respecta, y en el caso de los jardineros de guerrilla, no sólo han tenido un gesto con sus convecinos; también han venido para decir, legítimamente: nosotros también queremos hacer ciudad, tenemos derecho a éllo, y no vamos a renunciar a él.


