ARRIESGADAS INVITACIONES

En los últimos tiempos una nueva dinámica de valoración desproporcionada de las cosas trasluce en el discurso dominante que sobre la emigración juvenil manejan autoridades, medios de comunicación y creadores de opinión. En un intento por reconocer el esfuerzo del joven emigrante y saldar las deudas del olvido reciente, se está elevando a categoría de mito su figura. A tenor de la hagiografía últimamente al uso, parece que todo joven asturiano que emigra al confín del mundo alcanza un éxito rápido –aunque con esfuerzo y trabajo duro-, domina la escena profesional en Madrid, Nueva York o Shangai y se merienda los laboratorios en el MIT o Berkeley. Se les da la palabra a los triunfadores para que expliquen el secreto de su éxito, hablen de cómo Asturias es hermosa pero llena de dificultades para el desarrollo profesional o empresarial, y cuenten su catálogo de nostalgias de la tierra.
Nada o poco se dice, sin embargo, del joven asturiano que trabaja como camarero en Londres, agente de seguros en Madrid o administrativo en Barcelona. No representa, según el lenguaje oficial, a lo mejor de nuestra Asturias. También a él le invade ocasionalmente la señaldá y exhibe la bandera regional a la mínima de cambio en cualquier evento social o deportivo al que acuda. Al igual que el resto, este joven emigrante sin laureles ha salido de Asturias buscando mejores oportunidades, que vendrán o no en el futuro. Pero no forma parte del paisaje dulcificado de la emigración que pretenden exhibirnos, porque, por lo pronto, está batallando en la calle y no integra la élite de exitosos.
No es nada nuevo, al fin y al cabo, que sólo nos fijemos en el emigrante al que le van bien las cosas; lo mismo se hizo a finales del siglo XIX y principios del XX, una época de la que se recuerda con frecuencia las conquistas de los indianos que volvieron para levantar fuentes y escuelas, ocultando que otros muchos anónimos se quedaron allá para siempre o regresaron sin pena ni gloria.
Tampoco es nuevo, y esto sí es preocupante, que indirectamente se invite al joven asturiano a tomar el camino de salida, haciéndole ver que sólo fuera de Asturias conseguirá un crecimiento personal y profesional lejos de las comodidades aletargantes del llar. Algunos han conseguido que los jóvenes asturianos que viven y trabajan aquí se estén preguntando –nos estemos preguntando- qué hemos hecho mal para quedarnos en Asturias, lejos del Dorado madrileño o el que toque. Muchos se han autoconvencido de que la excelencia no tiene cabida en Asturias, y que cualquiera con un poco de ambición más temprano o más tarde acabará poniendo los dos pies fuera de aquí.
Es una verdad a medias, muy peligrosa, decir que en Asturias no existen oportunidades; casi tan arriesgada como negar la evidencia de que muchos jóvenes prefieren emprender fuera que buscar su alternativa en la tierra. Parece a ojos del discurso mayoritario que no es posible vivir con un pie en Asturias –la base, nuestra casa- y otro en el resto del mundo. Aquello del pensamiento glocal parece ya desterrado. La invitación a coger la puerta es, por lo tanto, incesante.

